Pedro Claver y Cartagena de Indias

Por: Redacción 23/09/2017

Por las calles de Cartagena de Indias veían caminando siempre cabizbajo a un padre que llevaba una sotana raída y con parches, con un manto negro, y rodeado de seis negros. Era el que se llamó a sí mismo, "El esclavo de los esclavos negros". San Pedro Claver era un religioso jesuita, tímido y callado, de oración profunda, en extremo austero, que comía al día medio plato de arroz y un pedazo de pan mojado en agua. Había sido destinado a Cartagena de Indias, atravesando el mar Atlántico, para no volver nunca más a España. Esta era una ciudad bullanguera en el siglo XVII, con tres fuertes militares que la defendían. Puerto importante del imperio, con sus señores ricos y mansiones, plazas señoriales, mercados populares, caseríos de pobres, haciendas y muchos esclavos. Sede de la Inquisición y lugar de paso para otras partes de América. Allí residía una comunidad de jesuitas. Eran unos 20 misioneros.

La fe católica era vivida a su manera por la mayoría, pero existían grupos que practicaban a escondidas la brujería y otras supersticiones. Pero lo más escandaloso visto desde hoy era que allí llegaban los barcos negreros, llamados armazones, cargando cada uno de 400 a 600 hombres y mujeres traídos de África. Atracaban al puerto, más o menos, 12 barcos por año. En sus bodegas venían atados con cadenas, hacinados, sin salir nunca a cubierta durante los 40 días o más de navegación, negros de diferentes tribus y naciones. Permanecían siempre encadenados y entre sus excrementos y orines. Un 20% moría en la travesía de África hacia América. Esos eran tirados al mar para ser comidos por los tiburones. Se discutía en los siglos XVI y XVII en las universidades europeas si tenían alma o si eran capaces de razonar. Esas personas eran capturadas por tribus que las vencían en guerras y vendidas como botín a los negreros portugueses, españoles, ingleses y holandeses. Otros eran cazados como animales en las selvas y llevados al puerto, donde los embarcaban. Esta vergüenza de la civilización cristiana se extendió por unos tres siglos en toda América.

Pues Pedro Claver, delgado, de aspecto débil y muy pálido, nacido en Verdún, Cataluña, se dirigía hacia uno de esos barcos negreros que acababa de llegar al puerto. Subía al barco, y cuando abrían la escotilla que comunicaba a la bodega, un hedor insoportable salía de abajo y los llantos de los pobres negros se escuchaban. Estando ya con ellos, san Pedro Claver les decía que no tuvieran miedo, que venía a darles frutas y para hablarles de Dios. Se dirigía a los más enfermos y los atendía. Repartía agua, mangos, bananos, naranjas y empezaba a predicar. Muchas veces se le veía llevar en sus espaldas cubierto por su propio manto al más enfermo y llevarlo al hospital. Ese manto lo usaba Pedro como sábana para enfermos, o mortaja para llevar al cementerio a los muertos y al santo se le veía frecuentemente lavarlo para usarlo con los más necesitados. Se habla de curaciones y milagros y de haber resucitado a dos personas.

Antes de que en la plaza pública se "subastara" a los negros como esclavos para trabajar en minas, trapiches, casas de ricos, cultivo de caña de azúcar, tabaco, él los evangelizaba y los bautizaba. Al dar a besar reliquias de santos o su crucifijo, enfermos incurables se sanaban. Solía visitar a los esclavos en sus haciendas y llevarles medicinas de hierbas y frutas. Trataba a los esclavos con mucho cariño, curaba sus heridas y enfermedades y ayudaba a los moribundos a bien morir. Se dice que en 40 años llegó a bautizar a unos 300 mil negros. No era bien visto por los negreros, por personas ricas de la ciudad e incluso por algunos hermanos jesuitas que lo acusaban de guardar bienes en contra del voto de pobreza y de que era un pobre ignorante por no ser muy conocedor de filosofía y de teología.

San Pedro Claver representa la misericordia de Dios vivida de la manera más radical, ejemplo para nosotros en un mundo de tantas esclavitudes como la pobreza, la drogadicción, el alcoholismo y la violencia. Que el Señor nos dé corazón misericordioso y recordemos que con Él somos invencibles.

Monseñor

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