Pensamiento obsesivo, el gran mal

Por: Redacción 11/11/2017

El gran mal nuestro es pensar obsesivamente en nuestro "yo" y encerrarnos en él, queriendo hacer que el universo entero gire alrededor nuestro.  Esta fijación en nuestro pequeño mundo con sus intereses pequeños, limitados y de poca trascendencia para el bien de la humanidad, causa tanto pecado de omisión porque impide levantar la vista y contemplar el dolor del mundo. Esto implica una visión infantil de la vida que raya con la demencia. Se vive un mundo irreal, o por lo menos, extremadamente incompleto.  "Mi yo" es el único y lo único que me importa.  Por eso estoy absurdamente ligado al "qué dirán", a la moda, a cumplir todos mis caprichos a los que llamo metas y no lo son. Entonces,  nada más me interesa mi dinero, mis cosas y lo que se relacione con eso. Lo demás no importa.

El estar pensando solamente en "lo mío" me hace ser un furibundo y hasta sanguinario defensor de mis bienes, ocasionando la siguiente distorsión de la realidad: creo que yo soy mi dinero, mis joyas, mi belleza, mis cosas, y el que me toque algo de eso para quitármelo se encontrará con la violencia en cualquiera de sus manifestaciones porque está agrediendo mi "yo". Y eso es falso: yo no soy mis cosas y trasciendo como misterio creado por Dios todo lo que existe. Soy un espíritu encarnado, un ser que busca  vivir en Dios, en el amor y por toda la  eternidad en comunión con los que serán salvados.  Por otro lado, la muerte es la gran maestra: nada en verdad es de nadie, porque nadie se lleva nada. Solo administramos bienes en la tierra.

El pecado de egoísmo violenta sustancialmente nuestra tendencia a la comunicación y comunión con los demás y nos empobrece vitalmente, ya que al encerrarnos impide que la riqueza de nuestros próximos nos alimente espiritual y emocionalmente. El egoísmo nos empobrece y afecta el desarrollo y marcha ascendente de la humanidad. Imaginémonos entonces lo que puede haber afectado a la humanidad la suma de los egoístas en el mundo en cada generación de la misma. El gran pecado de egoísmo y, por lo tanto, de omisión colectivo tiene que haber frenado procesos de desarrollo integral en las vertientes espirituales, científicas, laborales, magisteriales, empresariales, judiciales y tiene mucho que ver con las desgracias colectivas que estamos viviendo. Está claro que los seres humanos somos los culpables del deterioro de las redes de convivencia social, desarrollo económico y tecnológico, lo que afecta a grandes capas de la humanidad, las marginas y las empobrece. Lo que en verdad nos falta es amor compasivo, salir de nosotros mismos, dolernos el mal que sufre el otro e individual y comunitariamente ser solidarios y de la manera más organizada trabajar la "caridad inteligente", creando nuevas formas de vivir donde el prójimo como nuestro "otro yo" sea servido con amor, porque en Él también está Dios con quien somos invencibles.

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Lunes 13 de julio de 2026