Pícaro y torpe
Parece mentira que la codicia por el dinero arrastre al hombre a lanzarse a una vorágine.
Resulta impresionante leer en la prensa diaria las constantes denuncias sobre peculados, desfalcos, fraudes, apropiación indebida y toda clase de delitos por los cuales el Ministerio Público tiene que indagar, los fiscales solicitar procesos en su contra y los jueces penales fallar y en muchos casos condenar a los acusados.
No obstante, la abundancia de casos conocidos, y de que debieran constituir prueba irrefutable de que a la larga la mayoría de los delitos y sus autores son descubiertos y el fruto será amargo, la ola de los codiciosos que desafían el peligro se acrecienta. No piensan que se están suicidando moralmente, empañando el nombre de sus hijos, y con frecuencia dejando desamparada a su familia. Y peor aún, no piensan en que las cárceles están plagadas de inclemencias y peligros, según el lugar donde les corresponderá purgar sus penas y con quienes irán a compartir espacio y vida.
Ante este cuadro no se puede ser pícaro sin ser torpe.
