Piratas del caribe
La pequeña e insaciable oligarquía que controla al país ha mostrado en los últimos días su más íntima naturaleza. No es, desde luego, solo el trato poco caballeroso, irrespetuoso y carente de cualquier cortesía con lo que son capaces de relacionarse sus miembros en la medida en que la defensa de sus intereses políticos así lo amerite, mostrando, entre otras cosas, el bajo nivel cultural y la carencia de todo sentido de urbanidad de esa clase dorada. Se trata, en lo fundamental, de una lucha enmascarada en una supuesta diferencia en torno a la institucionalidad del país, cuya razón inmediata es la disputa entre diversas facciones de la oligarquía criolla que buscan establecer las mejores condiciones para asegurase el control de la cosa pública en las próximas elecciones presidenciales.
Es claro, desde luego, que las diferencias que llevaron al traste la alianza de Gobierno no se dieron, por ejemplo, en la búsqueda de las soluciones que permitieran eliminar la especulación de los comerciantes con los artículos de primera necesidad y atenuar el alto costo de vida que hoy sufre la población panameña. Se trata, eso sí, de una diferencia entre aliados que en plena colusión aprobaron la llamada ley chorizo y reprimieron a la población de Changuinola, los que tampoco dudaron en introducir reformas a la leyes que rigen la minería buscando asegurar los beneficios de las transnacionales a costa de la destrucción de nuestra naturaleza, quienes juntos tuvieron que dar marcha atrás frente al repudio de los pueblos originarios y la acción democrática de la ciudadanía consciente de la necesidad de preservar el ambiente.
La razón íntima de la ruptura que apunta a la lucha por el control del Estado tampoco tiene raíces ideológicas, ya que se trata de una pugna entre partidos que siempre se han mantenido dentro de los cánones de la práctica de las políticas neoliberales. Se trata, por el contrario, de un asunto de dólares y centavos, tal como se hizo claro en la mutuas acusaciones sobre negociados y especulaciones con tierras. La realidad es que Panamá está atravesando por un período en que la acumulación por desposesión, que incluye la reducción de los derechos sociales, la represión salarial y la rapiña de los bienes y recursos del Estado se ha convertido en uno de los ejes de los beneficios de la rapaz oligarquía local. La magnitud de esto queda claro si se tiene en cuenta, que solo el primer semestre de este año el gasto primario del Gobierno se elevó en 28%, a lo que se suma el hecho de que el país adelanta, en base al endeudamiento externo, un conjunto faraónico de proyectos, que tienen escasos beneficios social, pero que generan jugosas ganancias en la esfera de la construcción. En estas condiciones, entendiendo que la competencia por los beneficios es parte esencial del sistema de despojo que practica la clase dorada, es lógico que la alianza que gobernó hasta ahora el país no duró más que lo que duraría una alianza entre piratas del caribe.
