Plan médico hospitalario de Martinelli frente a los subsidios maternos
Como asalariados nos hemos acostumbrado a gastar más allá de los ingresos, y de igual manera, nuestra administración pública lo hace sin prever las consecuencias que, desde los tiempos bíblicos, señalan que no hay que gastárselo todo, sino que también hay que guardar para los momentos difíciles, de urgencia nacional, de crisis o de una hambruna notoria conocidas como las vacas flacas.
No podemos tener un real en los bolsillos que enseguida corremos a gastarlo y muchas veces en cosas que no necesitamos, aunque en verdad nos sobre. ¡Pero bueno, es nuestro dinero! Lo que no vemos bien es que otro haga fiesta con el dinero que no es suyo, y esto lo decimos porque cualquier mesiánico diputado o no tiene la facilidad, a través de la propuesta de leyes, de meter la mano en esos fondos para hinchar su populismo resolviendo problemas sociales y más que sociales, de grupos que se apartan de la norma y cuando no es para delinquir es para gozar a sus anchas del placer.
Aquí todos hemos tenido oportunidad para estudiar y para trabajar; los que no pudieron ni pueden, por condiciones físicas, de incompetencia o del orden social que sea y que no me es propio discutir, reciben ayuda nacional e internacional que les permiten gozar de muchas de las prerrogativas que la buena sociedad nos brinda.
El problema que tenemos es que estamos confundiendo la gimnasia con la magnesia y estamos premiando a los que se resisten a vivir en un mundo ordenado.
Lo pasado pisado, dice el dicho, y por eso administraciones anteriores han recogido a todos los que, por equis razón, aparentemente quedaron fuera de los beneficios de la jubilación, de los pensionados y de la salud pública y asegurada, para que sean parte del bien común. Eso está bien, asistir a los pobres y a los más necesitados es ubicarlos a ellos y a su descendencia en un mundo de oportunidades cuya única condición sea competir para ser el mejor.
En una sociedad de libre mercado, todos tenemos esa oportunidad, la de triunfar y ser premiados o fracasar. Sin embargo, la politiquería y el mesianismo populista anulan la competitividad y les roban a los productores de progreso su capital de trabajo para dárselo a otros que no tienen conciencia ni responsabilidad social. Palabras duras, pero son ciertas, hay una juventud que no quiere entender que ellos mismos están cocinando las tempestades del mañana y que traer niños al mundo para que sufran es un crimen aunque sean los abuelos quienes los críen y los mantengan. Siempre aflora en nuestra mente el caso del África, que con tanta miseria y tanto dolor, miles de niños son arrojados al mundo irremediablemente a sufrir.
¡Esto tiene que parar, por el bien mismo de la humanidad!, tal vez una concientización más agresiva, menos tolerante, una evangelización más pablista, sentenciosa y fulminante frente al liberalismo sexual del pensamiento moderno y ecléctico.
Quién sabe si motivados por la oleada de las madres niñas y las vicisitudes de muchas mujeres embarazadas en nuestras campiñas y áreas indígenas, se habla de llevar a la Asamblea Nacional un proyecto de ley para que se les subsidie en sus preñeces, situación que no critico ni combato, pero advierto: Las agrupaciones de técnicos y médicos impidieron que el gobierno de Ricardo Martinelli implementara con éxito su proyecto de salud integral, tanto para las áreas apartadas, indígenas y campesinas, como en Panamá Metro y sus áreas aledañas. Por esa causa hoy no hay ni medicinas ni médicos nacionales ni extranjeros que nos presten los servicios de salud que tanto requerimos.
¿A dónde iría entonces el subsidio de maternidad selectiva?, ¿para la prevención y atención médica de los bebitos? Forzosamente iría a clínicas privadas si es que tienen la disciplina para asistir esos cuidados médicos. No hay que olvidar la posibilidad de que en esas sociedades machistas, el subsidio le sea arrebatado a la mujer por su pareja y termine en una mesa de cantina.
Lo correcto es, mejor dicho, lo necesario es que se cumpla y se implemente el plan médico hospitalario que se había diseñado en el gobierno de Ricardo Martinelli, pues la salud no es cuestión de subsidios, sino un plan organizado de salud integral para todos.