Planificar equivale a pensar…
Cuando hablamos de una “planificación educativa”, hay que entenderla como una invitación a pensar, a reflexionar sobre la propia experiencia, la escuela y la vida del país. Por cierto, se trata de un “pensamiento vivo”, de una actitud de “pensar con las manos”, en un trato directo con las cosas de nuestra propia realidad nacional, no de un conjunto de esquemas muertos (utopías y simplificaciones geométricas), que se quieren aplicar pasivamente como otro nuevo sistema de pasos formales que mecanicen lo vital de la tarea. Semejante burocratización del pensamiento sería, justamente, lo opuesto a una verdadera planificación educativa.
“Pensar la vida”, en sus fundamentos últimos, tiene un nombre ilustre en la historia de la cultura occidental. Se llama filosofía. En este orden de consideraciones, ella aparece como inseparable de la educación. Por tanto, puede decirse con exacto rigor que la filosofía no es sino la teoría de la educación y la educación la práctica de la filosofía. La misma afirmación pudiera hacerse en lo que se refiere a las relaciones entre la filosofía y la política. Desde este punto de vista, filosofía, educación y política (actividades distintas sin lugar a dudas), aparecen, sin embargo, como términos estrictamente correlativos.
La filosofía se realiza en doble intento: transformando al individuo por medio de la educación y cambiando el mundo social por la política. Las escuelas en todos sus niveles deben considerarse como instrumentos para la realización de una determina concepción de la vida. Planificar su multiplicidad, anarquía y discrepancias equivale ponerlas al servicio de una filosofía. Por lo tanto, toda planificación educativa implica la declaración de una fe filosófica.
*Pedagogo, escritor, diplomático.
