Política: ¿cárcel o libertad?
Las muchedumbres silenciosas siempre hablan. En el silencio y en la soledad, en la mudez y en el autismo a los que se ven relegados quienes no tienen más vida social que compartir con los suyos y, en algunas ocasiones, con nadie, suelen cocinar sus mejores respuestas a los problemas sociales, a la actividad política y a la electoral.
Cuando acontecen escándalos públicos, sean estos de actores públicos o privados, se ven taciturnos, silenciosos, cabizbajos, pero cuando opinan, sin dificultad alguna en elaborar una respuesta, lanzan sus dictámenes que, generalmente, no pasan de tres o cuatro palabras.
Y son oraciones o sentencias paradigmáticas que, en no pocas ocasiones, el pueblo toma para sí, haciéndolas suyas, y postula “logos” o “eslogan” sociales de mucha citación por los parroquianos, ya sea en los parques, en los bares, en las iglesias, en las juntas o en los conversatorios de pasillos, en todo lugar.
La historia registra que Charles Maurice de Talleyrand, político y diplomático francés más destacado de su época, aconsejaba, en ese sentido, a Monsieur Bonaparte, que se cuidara de “todo el mundo”, porque con las bayonetas se podía hacer de todo, pero menos, “sentarse sobre ellas”.
La política demanda de sus hombres, de sus actores, que no evadan ni soslayen tomar en cuenta a la opinión silenciosa de las grandes mayorías, a las que yo, por creencias y convicciones, prefiero hacer radicar en “las grandes mayorías marginadas de la nación. Ese Himalaya de hombres y mujeres, pueblos enteros, que se acuestan con la sinfonía del hambre; que no conocen mayor entretenimiento que contarse, ellos mismos, uno a uno, sus problemas y penurias; esas que no distinguen entre los días, porque todos los días son iguales, conforme dicen ellos.
Se trata de esa muchedumbre, que algunos llaman “sombrías”, tal vez por la tristeza y la preocupación que reflejan sus rostros, pero que de sombrías no tienen nada, por el contrario, cuando ríen, así sea poco, ríen con ganas; cuando comen, así sea poco, comen con ganas. Como dijera Montalvo: “Bienaventurados los pobres cuando comen, porque cuando comen, comen con ganas”.
Es una masa de gente, de diversos sectores, de distintos abolengos, de colores diversos y de mentalidades disímiles, pero hermanados por los padecimientos, los traumas, los dolores, las frustraciones. Como expresara Saavedra Fajardo: “No puede hablar bien de la paz quien no ha padecido lo amargo de la guerra”.
Los balances que suelen hacer, de lo que sea, pasa por el filtro de una sola racionalidad: “En qué me han resuelto?” y de ahí en adelante un “sí” o un “no”.
Algunos llevando a las grandes mayorías marginadas de la patria al tema electoral, léase marginadas del desarrollo, del progreso social, alejadas de las ciudades o que viviendo en las ciudades, viven míseramente, se refieren a ellas como “La Tercera Fuerza” “o el Voto Silencioso”, en fin, lo cierto de todo es que no hablan, nada dicen, todas sus reacciones son sin bullicio alguno, son almas contemplativas, repito, como si fueran autistas.
La historia registra que, tan pronto Napoleón ordenara el levantamiento de su cuartel general en España y partiera para París, al día siguiente de su llegada, reúne al Consejo de Estado y en presencia de Talleyrand y Fouché –enemigos sin reivindicación-. El emperador estaba furibundo. Empieza por atacar inmisericordemente a Talleyrand: Es usted un ladrón, un cobarde, un hombre sin fe; no cree en Dios y ha engañado y traicionado a todo el mundo; para usted no hay nada sagrado; vendería usted a su propio padre. Yo le he colmado de bienes y, sin embargo, no hay nada que no fuera usted capaz de hacer contra mí. Después de diez años tiene usted el impudor, porque supone caprichosamente que mis asuntos van mal en España, de decir a quien quiera oírlo que siempre ha criticado usted mi empresa en aquel reino, siendo así que usted fue quien me dio la primera idea y quien sin cesar me ha empujado a ella. Merecería usted que le hiciera pedazos como a un vidrio; tengo poder suficiente para ello, pero le desprecio a usted demasiado para tomarme la molestia en hacerlo. Se dice que no satisfecho ni contento con esta sarta de insultos, Napoleón le lanza para concluir su última estocada: ¡No me habías dicho, por cierto, que el duque de San Carlos era el amante de vuestra mujer!.
La flema de Talleyrand, mientras susurra para sí ¡qué lástima que un hombre tan grande sea tan mal educado!, fue de singular y manual de diplomacia: En efecto, no creí que este informe pudiera interesar ni a la gloria de vuestra majestad ni a la mía.
Acto seguido, cuando Talleyrand abandona la sala, Napoleón arremete en contra Fouché. Y lo acusa de haber orientado a la opinión pública en su contra y sostenido a sus enemigos en lugar de perseguirlos y acabarlos. Fouché aguanta el diluvio de insultos en sacramental silencio y permanece de pie ante el emperador.
A pesar de todo, ni Talleyrand ni Fouché son arrestados ni despedidos. Permanecen en sus puestos por cuanto Napoleón no puede prescindir de estas personas que tienen en su cabeza los más importantes secretos del Estado.