Políticos se divorcian de la realidad
Cuando los políticos solo piensan en la política, estos suelen divorciarse de las realidades. Ilusos, viven añorando el día que ascienden y beben de las mieles del poder. Se distancian, pierden la dimensión de la razón de ser de la política: el servicio público es eso, servicio entendido en sentido de dedicación y de vocación. Por ello, sostenemos que el arte de gobernar no puede mirarse en función de las prebendas o de las conveniencias que pueda representar el escenario político para enriquecerse o incrementar patrimonios a costas del poder.
Las mezquindades políticas suelen tomarse los espacios cerebrales de los malos dirigentes y de quienes ascienden para apoderarse, merced al voto inocente y crédulo de los pueblos, y estos subrogan la finalidad del bienestar común para endiosar en sus actuaciones un pervertido culto, irracional, al dinero, cuya mejor forma de ser encuentra cauce perfecto en el prebendalismo que ha caracterizado a los gobiernos latinoamericanos, y de allí los grandes escándalos de corrupción de que da cuentas la historia de nuestra irredenta América India. No pocos políticos nuestros, por mucho que intenten, les resulta imposible ocultar al pueblo los afanes de los políticos que solo piensan en las próximas elecciones como vía o mecanismo de hacerse del poder y, por consiguiente, de inmensas fortunas. Esto no es nada nuevo. Ya connotados politólogos latinoamericanos lo han puesto en evidencia; entre ellos, Arturo Cuevas, quien en sus enjundiosos análisis hacía clara mención de la amnesia recurrente de nosotros respecto al dependentismo frecuente conque hemos crecido y hemos sido formados, en todo sentido.
Los pueblos, pienso, a veces, o se hacen los bobos o simplemente son muy ingenuos en creerles a los falsos profetas de la política. Con qué frecuencia reciben en el altar de sus conciencias a lobos rapaces vestidos de ovejas. Se tragan cualquier clase de cuento rendido a sus inteligencias en búsqueda casi implacable del voto. Ahí los políticos no distinguen al hombre, poco les importa distinguir la identidad de alguien, solo ven el voto para el día de las elecciones. Cuentan votos, no seres humanos deseosos de cambios y de proyecciones positivas para el país. Los políticos tienen que aterrizar en los problemas concretos de la nación. No he escuchado a los líderes de nuestra política decir nada sobre el problema carcelario y la inseguridad rampante que se vive en nuestras cárceles. He dicho, en razón de ello, que el Estado tiene la obligación de darle seguridad, intramuros carcelarios, a quien se presume ha violentado bienes jurídicos y seguridad social. Es decir, al presunto delincuente. No he escuchado de ellos decir nada respecto al grave problema de la mora judicial y el hacinamiento que produce en las cárceles la sentencia, sea de condena o de absolución, que se tarda, que nunca llega porque hay jueces que se duermen en los expedientes y poco les importa al hombre o la mujer que está privado de la libertad.
Tampoco nada han dicho de los accidentes de tránsito que se producen por la irresponsabilidad de muchos particulares, pero en donde las autoridades de tránsito tienen mucho que decir tras un silencio y una parsimonia cómplice que dice demasiado de un poco importa, reinando el caos y el desorden en nuestras calles. Al parecer, el pueblo, de que quien pienso seriamente que ni es bobo ni ingenuo, pasa revista a diario del acontecer político y aunque algunos dirigentes políticos hayan dicho que es casi imposible que el candidato oficialista haya alcanzado tanto índice de aceptación para ascender al solio presidencial en cuestión de pocos días, en lo particular creo y pienso que, muy a pesar de las conjeturas y sospechas de las estadísticas, observemos más el noúmeno, al decir kantiano, y veamos que mucha gente sí está advirtiendo que “no se quiere más de lo mismo”, sino caras nuevas.
En lo particular, salvaguardando posiciones de mi parte, me sigo definiendo un creyente fiel del ideario popular, y ante el cual no estoy dispuesto a renunciar porque también creo que es un escenario clave para construir los auténticos modelos de democracia participativa y pluralista. De allí que no me parezca necia ni inoportuna la expresión de que “hay que darse un baño de pueblo”, baño que debe ser, como el baño de la higiene personal, diario. Baño que implica, a cada segundo, en todo momento, un contacto personal, una vivencia directa con los más humildes. Al decir de mi hermano Ramiro, con nuestra gente de las grandes mayorías marginadas de nuestra nación. Ellas son las que, al final de cuentas, ponen y quitan presidentes. Hay que sentir lo que siente el pueblo, solidaridad con la gente de nuestro pueblo.