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¿Por qué debemos sorprendernos?


Acusar de traición ideológica a quienes optaron por el transfuguismo o tildar de “comprador” al que los sumó para su rebaño, es quedarse en la periferia para no hurgar en sus causas. Hablar solamente de “compras”, como si de una acción unilateral se tratara, es un argumento propio para una mala película de villanos y santurrones. Todos sabemos que no hay tal cosa. De existir compradores, es porque hay quienes se ofrecen en venta.

Si algo dejan en claro “las saltaderas” de diputados, alcaldes y representantes es que los partidos políticos panameños carecen de sustentación ideológica; los dominan los intereses económicos, el sectarismo y el oportunismo. Ese es su común denominador. Lo demás es ciencia ficción y el producto de la propaganda que reiteradamente nos venden, pagada en su casi totalidad, y eso es lo más trágico, con recursos estatales que nos cuestan a todos y que debieran estar mejor empleados en atender las interminables e insatisfechas demandas de nuestra población, especialmente la de los sectores más marginados, que subsisten en un submundo que no se compadece ni puede entenderse cuando se le contrasta con las ostentaciones y los alardes “primer mundistas” de que muchos se vanaglorian.

La democracia panameña renquea desde hace mucho tiempo. Y de su patético estado, en primer lugar, son responsables, los seudo partidos políticos que, con la connivencia contumaz del Tribunal Electoral, han acomodado para su exclusiva ventaja y beneficio las reglas electorales; pero, para ser objetivos, debemos aceptar que a la ciudadanía, especialmente la que no pertenece a ningún partido, que somos el 48% de los electores, también nos toca una buena parte de la culpa. ¿Por qué seguimos haciéndole el juego a la farsa que ya se ha comenzado a montar para preparar el escenario de las elecciones del 2014, cuando nuevamente se nos pretende forzar a escoger entre el continuismo, ahora representado por el partido en el poder o el retorno de sus predecesores?

¿Por qué seguimos prestándonos para que después de cada elección regresen a la Asamblea los mismas figuras responsables del desprestigio que es la nota distintiva de ese órgano del poder público que, en una democracia que se precie de serlo, debiera ser la representación del pluralismo político, de la conciencia ciudadana y el freno contra los excesos del Ejecutivo? ¿Por qué seguimos permitiendo que los aspirantes a los más altos cargos de la nación, con un cinismo rampante incumplan o pospongan, sin consecuencia alguna, sus promesas electorales? ¿Por qué dejamos, con nuestra pasividad, que la política siga degenerando en una parodia grotesca, saturada de actores mediocres que, si no fuera por sus devastadoras consecuencias para el futuro del país, competiría con ventaja para merecer un galardón en un concurso de sátiras bufas?

Mientras esas preguntas ronden, pero no provoquen como reacción un compromiso ciudadano para erradicar, de raíz, todas las lacras que acumula nuestra politiquería criolla, seguiremos obteniendo más de lo mismo. Eso está garantizado.

Pero si nos disponemos, ese rumbo torcido puede ser enderezado. Pero, para ello, hace falta que asumamos que, como electores, podemos decidir con nuestro voto quienes nos gobiernan, o nos desgobiernan. La responsabilidad es nuestra y debemos ejercerla. Exijamos mayor responsabilidad de los colectivos políticos y de sus dirigentes. Si quieren aspirar a gobernarnos, que abandonen las conductas circenses, vacías de contenidos conceptuales; que demuestren que han dedicado tiempo a estudiar los problemas nacionales y que son capaces de presentar alternativas serias para superarlos. Hagámosles saber que estamos cansados de discursos huecos y de fanfarrias electoreras.

No es posible que se destinen cerca de setenta millones de dineros públicos para sostener partidos que, ni de lejos, asumen las responsabilidades que la Constitución y las leyes les señalan. Exijámosles que dejen de ser partidos electoreros y que nos retribuyan el dinero que nos cuestan.