¿Por qué odian al mercado?
Cuando se ataca algo con furia, es menester conocer mucho mejor el objeto de desazón, que en el caso que nos ocupa es ‘el maldecido mercado.’ ¿Pero por qué lo maldicen? Antes de contestar eso, veamos primero ¿qué es el mercado?
El mercado no es más que una variedad de sistemas, instituciones, procedimientos y relaciones sociales e infraestructuras por intermedio de las cuales los ciudadanos entran en acuerdos de intercambio de bienes y servicios, sujeto a una negociación. En corto, el mercado es un proceso mediante el cual se pueden determinar los precios de los bienes y servicios.
Dicho eso, veamos de dónde emana el odio que muchos dirigen hacia este mecanismo natural y eterno de la humanidad. Estamos hablando de pasiones que se originan frente a las dificultades de navegar con éxito esa marejada de los intercambios voluntarios que vienen efectuando los hombres desde siempre.
Y como en toda contienda, tal como la típica deportiva, son pocos los que logran descollar, mientras que la mayoría simplemente compite y una minoría ni siquiera eso hace.
Frente a esa realidad, veremos que la manera que tienen muchos de lograr satisfacer sus necesidades, más que nada cortoplacistas, en las turbulencias del mercado no es compitiendo directamente sino a través de la política desvirtuada. Y digo que es “desvirtuada” porque la política sana no trata de conducir nuestras vidas y actividades sino simplemente de evitar las agresiones; lo cual está vertido en la Constitución panameña en su Artículo 17, en dónde queda establecido que las autoridades están instituidas para proteger la vida, honra y bienes de los nacionales. Se supone que este, siendo uno de los artículos primogénitos, debe enmarcar todo lo que viene más tarde; que si ha de ser cónsono con lo anterior no debería excederse hasta llegar al punto de afectar el albedrío del ciudadano salvo cuando este inicia algún tipo de violencia indebida en contra de sus semejantes.
Pero el elemento que se inserta en todo esto y que se opone al libre mercado es el de una supuesta “defensa” intervencionista o “empatía con el débil.”
El problema de esto último es que casi nunca toma en cuenta las consecuencias no deseadas del intervencionismo. Y no es el mercado el que produce las externalidades, sino que siendo libre siempre deambulará por los caminos de la acción humana, esa que es impredecible e incontrolable; tal como lo estamos viendo con las actuaciones de las comunidades indígenas. Son realidades que no esperan el paso de los cuatro años de un término de gobierno para aflorar en la búsqueda de supuestas corrección mediante el voto.
Lo esencial a entender es que los gobiernos no generan riqueza; ya que esta se genera a través de la actuación ciudadana en el mercado, que por naturaleza es libre. Y el mejor mecanismo para ayudar al débil está en la solidaridad humana, esa que no la encontraremos entre la típica fauna de los politicastros del mundo. En fin, odiar al mercado es como odiar a la mantequilla o al aire que respiramos.
Empresario.
