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Por sus vicios los conoceréis

Por: Redacción 29/05/2017

Todos estamos familiarizados con la máxima moral que reza “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20); pero también, sin duda, por sus vicios los conoceréis. En materia de ejercicio público, se hace más palpable esta realidad, sabiamente anotada por Ingersoll cuando expresó: “si quieres saber cómo es realmente alguien, dale poder”.

J. Edgar Hoover fue un maestro en el arte de desentrañar los vicios de los políticos de turno y aprovecharse de ellos, lo que le valió estar a cargo del FBI y bajo el servicio leal, o desleal, de ocho presidentes consecutivos de Estados Unidos. Tal vez con un poder tan oscuro que, se rumora, manejaba los hilos del Ejecutivo, tejidos con las fibras íntimas de los vicios más ocultos de aquellos que lo ejercían en ese entonces.

No queda duda que el poder público hace surgir, en aquel que no está preparado, el humor del vicio más oculto, seguido de la tentación muy potencial de hacerlo realidad. Por ello, no se trata de ocultar en forma alguna el vicio y la debilidad, que son sin duda una parte natural del ser humano.

Un hombre sin vicios no sólo deja de ser hombre, sino que tendrá pocos o ningún amigo que lo entienda. Lo loable, lo edificante, lo que sí es digno de un ejemplo, es ver a ese ser humano cuando lucha, así, de manera incansable y día tras día con toda esa multitud de pasiones que se encienden dentro de él y reclaman su propia voluntad. Como caballos sin jinete, embrutecidos, se crecen esos vicios hasta hacer del ser humano una sombra sin recurso y voluntad.

Más peligra el ciudadano cuando se le confiere así el poder del ejercicio público, y no encuentra rienda alguna en su razón, ni freno acrisolado que le guíe la voluntad. Y ya, después de mucho tiempo de depravación, ni el esténtor del látigo moral lo frena y, desbocado para siempre, piensa en forma errada que todo es un camino para su galope, pero al fin lo frenan el cansancio propio de los años. Tarde ya, sostenido a duras penas por el cuerpo flácido de la vejez y la deformación moral, quiere entonces enmendarse por haber desenfrenado así su vida. Pero para entonces, ya las cuentas se le rendirán a otro que no será su pueblo y que lo espera ansiosamente, allí mismo en el umbral donde se apaga la existencia física.

Por eso, el poder público es como una llama ígnea; o alumbra el camino dentro del andar oscuro hacia el progreso de una patria o cae en el que lo ejerce como en un pozo oculto de petróleo y desde adentro lo consume sin reparo alguno.

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Miércoles 15 de julio de 2026