Por una ciencia más humanista
En el siglo XIX el filósofo alemán Karl Marx planteó la idea de que el rol de la filosofía no era describir el mundo, sino en cambio, transformarlo. Propuesta que, lejos de lo que pudiera creerse, más que ser una consigna revolucionaria a nivel de la sociedad, era un llamado de atención para las ciencias sociales o burguesas de su tiempo. Sin embargo, esta consigna humanista no solo fue obviada, sino que en el siglo XX se dio la peor deshumanización, no solo de estas ciencias del espíritu, sino también de todas las ciencias en general (humanas y naturales).
Evidencia de lo anterior, son los nefastos experimentos con seres humanos, los que, después de la Segunda Guerra Mundial generaron un amplio debate bioético; la carrera armamentista en el periodo de posguerra (guerra fría), que llevó a las potencias mundiales a crear programas científicos, en miras de producir un mayor poder destructivo. En este escenario bélico, también las ciencias sociales se prestaron para todo tipo de investigaciones relacionadas con el manejo de la conducta, la persuasión social y el pánico moral.
Por si fuera poco, posteriormente se constituye el llamado círculo de Viena, escuela de pensamiento que evocando añoranzas del siglo XIX, relacionadas con la implementación del método científico, empleado por las ciencias naturales, elaboró todo un programa de investigación, en donde lo humano quedaba avasallado por la lógica experimental, cuantitativa y el método como principio y fin de toda ciencia (des)humana.
Pasó mucho tiempo antes de que los científicos sociales empezaran a entender que la ciencia, antes que un método estricto y cuadrado por la formalidad cuantitativa y el método, se debe, fundamentalmente, a la búsqueda del progreso de la humanidad. De esta forma, la ciencia, en términos humanistas, debe considerarse el único vehículo que los seres humanos tienen, no solo para desmantelar la ignorancia y la superstición, sino también para alcanzar su libertad y felicidad como especie.
Ahora bien, en esta confusión de objetivos de la ciencia, en donde su referente más incuestionable se pudiera resumir en el sufrimiento pasado y presente de la humanidad, producto de la inhumanidad de la misma ciencia; la cual, en aras de un progreso tecnológico basado en las premisas de un capitalismo insensato, ha construido un universo social, caracterizado por todo tipo de desdichas, sufrimientos, calamidades y dificultades para la humanidad. En este escenario patético, las premisas progresistas del filósofo Immanuel Kant, no solo se desvanecen en el aire, sino que todo proyecto de modernidad se confunde con el sinsentido de la ciencia inhumana.
Así, más allá de las ideologías sociales y políticas, la ciencia ha sido la principal promotora, legitimadora y culpable de la actual condición humana. Ya que es la ciencia, la verdadera garante del saber; por ende, ha sido y es la encargada de crear discursos normativos, como la desigualdad social; la discriminación social por género, etnia y edad; etc.; que han influido, poderosamente, en las decisiones humanas y estatales.
Posiblemente, sea oportuno considerar las premisas filosóficas de Friedrich Nietzsche, sobre la transfiguración de los valores. No obstante, dicha permutación de valores científicos deberían ir dirigidos a aplacar la miseria humana en que vivimos en pleno siglo XXI; cambiando los presupuestos científicos deshumanizados, por otros basados, únicamente, en las necesidades de la humanidad. Este nuevo humanismo científico serviría, no solo para afectar, lo que Sigmund Freud denominó el malestar en la cultura, que implica las contradicciones morales que pueden existir y existen en todo mundo moderno. En donde, la heterogeneidad de la humanidad requiere repensar y cuestionar la misma esencia y significado de lo humano; además, de sus diferentes matices existenciales. Sino también, desestructurar la misma idea de homogenización y normativización de los deseos y anhelos de los seres humanos, en aras de un discurso científico, que define lo normal de lo anormal; como la religión, en antaño, definía lo bueno y lo malo.
En síntesis, debemos constituir un nuevo concepto de ciencia, basado en el humanismo, no en el método. Así, quizás podamos como humanidad, no solo encumbrarnos como especie más allá del bien y del mal; sino además, transformar, positivamente, la realidad social y existencial de miles de personas, por medio del saber científico.