Portobello road
Dice Roberto Bolaño que dijo Borges, pero que antes que él lo habían dicho Dickens y Stevenson, que Londres es un laberinto. Y realmente lo es, un hermoso laberinto tentador para perderse en una ciudad elegante y chata, que comparada con New York, la otra metrópoli multiétnica, tiene pocos rascacielos y algunos hispanohablantes menos. Londres es como una dama elegante, sobria por fuera y silenciosa por dentro. Cuando por la noche, a la salida de un restaurante, culminábamos los vestigios imperiales culinarios de la cocina india con comentarios dichos en un castellano alto y vinoso, los transeúntes locales nos miraban amablemente extrañados.
A Londres lo serpentea el Támesis y lo maquillan los parques más bellos que haya visto. Algunos son de propiedad privada, como el del Duque de Westminster, dueño de la tierra de Kensington Garden y de todos los terrenos de esa parte de la ciudad que lleva su título y a quien los dueños de los edificios, a los que por ley se les concedió construir, deben pagarle una renta a perpetuidad, renta que según nuestro guía es independiente de la que deben pagar al ayuntamiento y al Estado central. Pero Londres es así, tradicional, compleja, laberíntica, monárquica, rica en museos, en arte y cultura y de costumbres estrafalarias, al menos para nosotros: turistas republicanos provenientes de las Indias Occidentales.
En el barrio de Notting Hill existe una calle curiosa por su colorido, su mercado de antigüedades, su festival y su historia. Se trata de Portobello Road, nombrada en conmemoración de la toma de Portobelo por el almirante inglés Edward Vernon, en noviembre de 1739. Para conmemorar tal acontecimiento se escribió una canción patriótica que terminó por convertirse en el himno nacional británico: God Save the King. De modo que Gran Bretaña le debe a Portobelo algo más que una disculpa.
La estatua de Cromwel se halla de espaldas, frente al Parlamento que abolió después de decapitar a Carlos I y fundar la Confederación. La de Churchill, mira sedienta hacia su pub preferido, ubicado a pocos pasos de allí. Llegamos apenas tarde -el rastro de los caballos todavía humeaba- al cambio de guardia de Buckingham Palace. La Torre de Londres no es más alta que la de Panamá la Vieja, y no me pareció tan tétrica como he leído. Allí están las joyas de la Corona y el trono de los Plantagenet. Me detuve en el rinconcito donde fue asesinado Enrique VI, muy pequeño para tanta literatura inspirada en la Guerra de las Rosas y en la de los Cien Años.
Gracias a mi insistencia, troqué una visita a otra iglesia por la del Imperial War Museum. Allí vi el casco de un piloto argentino derribado en Malvinas. Vi el video resumen de esa guerra. Fueron justos y nobles. También fueron justicieramente inclementes con la dictadura militar argentina. Mientras pensaba en los conscriptos que en esas islas supieron con gloria morir, algo enturbió mis ojos. Fue al sentir que “también era mía, la patria de Echeverría, la tierra de Santos Vega”.
