Posesión de bienes y conducta humana
Evidentemente, parece ser innato al hombre un instinto orientado hacia el lucro. Como en los tiempos antiguos, se dice de nuestros antepasados que “arrastraban su presa a la caverna”; ya se manifestaba, desde entonces, en alguna medida, que los bienes dan prestigio y rango a su dueño.
La posesión de bienes pone al hombre en condiciones de hacer aquello que desea; y el afán de ampliar sus bienes puede desembocar en un nuevo empeño por poseer mucho más; a su vez, la riqueza está ligada al dar y al tomar, a todos los ritos del regalar que hallamos sin excepción en todas las culturas existentes en el mundo, lo cual confiere a la posesión de bienes una función en el campo de los contratos sociales.
A partir de la propiedad se desarrolla el comercio y la economía, la riqueza confiere poder; ponemos como ejemplo: “Todo lo que ves está a mi servicio”, dice el
diablo al Maestro Jesús y se convierte en esa forma en un medio de representación de sí mismo.
La posesión puede extenderse tanto al ámbito material como al espiritual, incluso a personas (“mi esposa, mi esposo, mis hijos”), lo cual también puede ser parte del afán de prestigio y de representación que uno hace de sí mismo.
El rango social se manifiesta en el prestigio, en la fama, en la cuantía de los bienes poseídos, en el vestido, en las órdenes y títulos de la persona. El rango se halla vinculado a la opinión dominante, por un lado y, por otro, a la subordinación y vasallaje.
En esta múltiple trama de relaciones ya no se puede distinguir siempre en los fenómenos cotidianos si la posesión del coleccionista es expresión del ansia de poseer o bien del afán de prestigio.
El dominio sobre el territorio, la propia casa, las dimensiones del despacho oficial, confieren prestigio; algo que a la vez significa posesión; y con la territorialidad van unida la idea de frontera, las esferas de influencia, la competencia de las grandes potencias por el primer puesto en el mundo, los litigios fronterizos, las zonas económicas y de influencia.
En la vida de cada día, en la del individuo y en la historia de los pueblos, estos modos de comportamiento se presentan en relación con situaciones complejas, siendo su intensidad diferente según el individuo y las circunstancias, y su carácter igualmente diferente de acuerdo con la cultura en que adquieran su forma definitiva.
El hombre dispone de una sensación del espacio y es en el espacio donde se instala; tiene sus “distritos” propios, mayores y menores, por los que lucha con ahínco y en torno a los que se trazan fronteras: el puesto de trabajo; el solar propio con vallas o zanja; la zona de influencia económica; las fronteras de una familia, tribu o pueblo; el ámbito de competencia en la profesión; las atribuciones para determinadas tareas; los puestos fijos; el cartelito de “reservado” en el restaurante y en actos oficiales y particulares; el sitio habitual; la distribución de los asientos, también en el aula escolar; el embarazo de la gente en el ascensor; la desagradable sensación que sentimos cuando extraños se nos vienen
físicamente “demasiado encima”; el terreno propio y el foráneo; el encuentro de rivales en “terreno neutral”; el “lugar secreto” que se buscan los niños; la desazón que se experimenta cuando losfamiliares, por más próximos que sean, abren nuestro cajón, nuestra cartera, o penetran en el ámbito declarado como nuestra propiedad.
Todo ello, y mucho más, forma parte del comportamiento del hombre y la mujer en cuestiones territoriales.
El afán de subir en el escalafón; los esfuerzos por el reconocimiento por parte de los otros; la preocupación por el buen nombre y el prestigio personal; la institucionalización de este afán dentro de organizaciones que están perfectamente equipadas para el cultivo de la imagen de partidos o asociaciones: todo ello se halla tan indisolublemente asociado al comportamiento humano como la pulsión de expresar todo esto por medio de símbolos del status social.
Y este afán no es solo muy antiguo sino que se manifiesta en todas las culturas y en una gama muy amplia.