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Postal de Fukushima

Por: Redacción 10/10/2013

Carlos L. Flores (opinion@epasa.com) / Director ejecutivo de Cambio Cultural, S.A.

El terrible evento del 11 de marzo de 2011 en esta planta nuclear japonesa fue ocasionado por el terremoto y posteriortsunamique causaron daños en el sistema de enfriamiento y provocaron masivos escapes de material radiactivo, convirtiendo esa ciudad y 20 kilómetros a la redonda en una tierra deshabitada.

A este desastre, solo superado por Chernóbil en 1986, se le calcula que el escape de material radiactivo puede oscilar ya hasta un 30% de ese caso referencial, ubicándolo en un 7 de la escala internacional de eventos nucleares catastróficos. Dos años después del desastre, se siguen dando situaciones espeluznantes. Recientemente, durante las operaciones de limpieza, se vertieron accidentalmente cuatro toneladas de agua radioactiva en el mismo recinto de la planta, siendo sus consecuencias incalculables, considerando las miles de toneladas que siguen vertiéndose al océano.

La parte rescatable son las lecciones aprendidas, de las cuales se pueden deducir conclusiones y recomendaciones aplicables para las empresas nicaragüenses -que aunque guardando respetuosa y humildemente las distancias tecnológicas, económicas y culturales de una potencia como Japón-, las conductas y comportamientos colectivos que evidentemente fallaron podrían ser de mucha utilidad para analizar los factores de riesgo y actitudes gerenciales.

Uno de los factores, sin duda alguna, ha sido el bajo sentido de vulnerabilidad. Aún para los increíbles japoneses el pensar que ante los riesgos específicos se tenían contemplados los escenarios posibles, es algo que falló terriblemente, ya que según los expertos, el hecho de ubicar una planta nuclear a orillas del mar, aún con supuestas barreras adecuadas para hacerle frente a eventos catastróficos -como un tsunamien su horizonte de sucesos cada 250 años-, no fue más que un grueso e imperdonable error de criterio y planificación.

Se dice que los aspectos culturales fueron las causas precursoras que más incidieron en este desastre. La familiaridad continuada con los riesgos de altísimas consecuencias siempre desarrolla un exceso de confianza que puede llevar a la negación o a la parálisis organizacional.

Recuerdo hace varios años, cuando el experto mundial en sistemas de seguridad basada en el comportamiento y consultor para la empresa donde laboraba, Dr. James D. Bennett, me manifestaba que cuando por disposición corporativa se inició la implantación de ese sistema en una de las plantas japonesas la gerencia general de esa facilidad le plantó cara sombríamente: “¿Por qué invertir tiempo y esfuerzo en ese nuevo sistema de prevención, si nuestro récord es cero accidentes en los últimos 45 años?”.

La misma actitud de ese entonces contrastaba ahora en forma surrealista para nuestra idiosincrasia latinoamericana: la plana mayor de Tepco (Tokyo Electric Power Company), propietaria de la planta, de rodillas y en llanto incontenible, realizaba ante la comunidad un acto público de contrición y disculpas por el enorme daño causado, a la usanza de la cosmovisión nipona.

Las escrupulosas investigaciones realizadas por las agencias internacionales después de este baño de realidad –radiactiva además- señalan que las causas principales tienen que ver primordialmente con factores relacionados con valores, creencias y comportamientos colectivos, así como con aspectos administrativos y organizacionales autocomplacientes, que incidieron negativamente en la pérdida de perspectiva ante la visión de “Protección-a-fondo” que debe gobernar la industria atómica.

La autocomplacencia, expresada no solamente en su significado específico: estar satisfecho con lo que uno mismo hace –por sí y ante sí-, los procedimientos operacionales de seguridad, los simulacros y cumplimiento de recomendaciones, el gradual cambio de la populosa demografía en los alrededores, así como las inspecciones de las autoridades regulatorias, las cuales se habían degradado a una alegre reunión entre amigos, en la que se conversaba de cualquier tema, menos de las limitaciones en las capacidades de respuesta ante la emergencia de contención y de evacuación del núcleo urbano establecido ahora en los alrededores de la planta, unas 156 mil personas.

El evento dejó en claro no solo las vulnerabilidades originarias de diseño, culturales y administrativas, sino las todopoderosas conexiones y cabildeo de la industria energética, que hacían que las autoridades regulatorias fueran una comparsa más, y que en un terrible conflicto de intereses llegaron a relajar y prostituir la supervisión prudencial de seguridad operacional, obviando cualquier discusión de controles más rigurosos, con las infernales consecuencias que hoy se lloran amargamente.

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