Preocupación global
Alejandro A. Tagliavini /Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
Sin dudas, la mayor preocupación de los actores económicos hoy es China, pero también empieza a preocupar -sobre todo entre vecinos y socios- Brasil, la sexta economía del mundo, y la primera de Latinoamérica representando casi un tercio del total de la región. Lo cierto es que Fernando Henrique Cardoso, sin ser excelente, protagonizó uno de los mejores gobiernos (1995-2002) que tuvo el gigante latinoamericano. Redujo la “inflación” -el aumento del IPC- desde el 22% en 1995 al 2.5% en 1998 y continuó la apertura económica iniciada por Fernando Collor de Mello. Entre 1991 y 2001, el Estado recaudó US$ 103.300 millones por la privatización de empresas, mientras que el desempleo se mantuvo en torno al 5.5%.
Así se generó un boom de consumo, atrayendo numerosas inversiones, mejorando la recaudación fiscal, aunque la deuda estatal pasó de 14% del PIB en 1994 al 55.5% en el año 2000. Luego vino Lula y, para sorpresa, conservó la política económica, pero aumentó el gasto 'social'. Y Brasil creció estableciendo cierto liderazgo global gracias a las bases sentadas por Cardoso. Creídos los brasileros de que la política 'social' de Lula era exitosa, la profundizaron con Dilma Rousseff y ahora tienen una crisis severa.
Standard & Poor's (S&P) bajó la nota de la deuda soberana brasilera desde 'BBB-' a 'BB+', considerado como de “bono basura”, lo que supuso retirarle el “grado de inversión” que califica a los buenos pagadores. Esta rebaja provocaría una salida de capitales de hasta US$ 30,000 millones en el corto plazo, porque algunos fondos de inversión están obligados a desinvertir cuando cae el “grado de inversión”. Según S&P, la contracción del PIB brasileño será "más profunda": -2.5% este año, -0.5% en 2016, y un ligero crecimiento en 2017. La “inflación” rondaría el 9% y el desempleo 8%.
El Gobierno planea un nuevo “plan de ajuste” que llevaría el déficit de 0.5% a un superávit primario de 0.7% del PIB para el presupuesto 2016. Se recortaron gastos por US$ 6,800 millones y aumentarían impuestos dándole al Gobierno US$ 7,300 millones de ingreso adicional. Congelan salarios del sector público, reducen los gastos; bajan los subsidios agrícolas y recortan los reintegros a los exportadores.
También se produciría un fuerte recorte de los programas como “Mi casa, mi vida” y otros como el de “Aceleración del Crecimiento”, de obras públicas, y “Bolsa familia”, la base del “Hambre cero”. En fin, esto de subir los impuestos es un círculo vicioso, porque quita dinero productivo del mercado y termina siendo pagados por los pobres. Y no tiene sentido aplicarlos a planes “sociales” porque no tiene sentido sacarles a los pobres para luego devolvérselos.
Con una economía en contracción y graves casos de corrupción, la popularidad de Dilma está en el mínimo histórico para un presidente (8%). Y aunque algunos hablan de renuncia, parece difícil que deje el cargo por el momento, si hasta el principal líder opositor, Fernando Henrique Cardoso, parece desalentar su remoción del cargo.