¡Presidente de carácter honesto y capaz!
Si pudiéramos definir en pocas palabras las cualidades de un buen presidente de la República, diríamos “un hombre de carácter, honesto y capaz”. Hay que decantar que sea una persona que reúna las siguientes condiciones esenciales: ilustración (conocimiento), integridad (lealtad, con el pueblo, con el subalterno y consigo mismo), coraje (firmeza en la toma de decisiones), honestidad y alto grado de responsabilidad.
Es menester que el presidente de la República de hoy (2014-2019) y todos aquellos que aspiren a tan alta posición en el futuro (jefe de Estado) deben reunir las condiciones esenciales enumeradas, vale decir, sea o se proyecten como verdaderos estadistas.
Cuando el hombre y la mujer del pueblo observan que quienes se encuentran en las posiciones más espectables faltan al cumplimiento de sus deberes, exhiben una conducta deshonesta y muestran un ávido afán de ventajas personales, disimulando todo bajo retóricas invocaciones a la libertad, la honradez, la pobreza, la distribución de la riqueza, el bienestar social, el patriotismo, caen en un descreimiento que los tornan fáciles presas de los mendaces prometedores de paraísos utópicos.
La responsabilidad primera y mayor corresponde a los hombres y las mujeres de gobierno, quienes están obligados a regir los actos de sus vidas oficiales y privadas adhiriéndose en todo lugar, tiempo y circunstancias a los principios que definen una conducta intachable. A ellos debe aplicarse lo mismo que a la mujer del César, que no basta con que sean honrados, también deben parecerlo. Entre sus virtudes cardinales se deben hallar la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada.
Probidad consiste no solo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la ley, que los tienen de principales custodios y encargados de hacerla respetar a todos los ciudadanos, sino también en saber permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlos a utilizar la influencia de su cargo en provecho de sus intereses personales. La austeridad es necesaria para no comprometer el decoro de sus investiduras con exhibiciones equívocas ni adquirir compromisos, así sean los nacidos de los simples vínculos amistosos, capaces de apartarlos del recto cumplimiento de sus obligaciones.
Ha de mostrarse leal el gobernante a los principios de la moral y la diplomacia en el manejo de las relaciones exteriores, a fin de que la convivencia de las naciones, como la de los individuos, sea una convivencia honorable, de gente de bien y no de aventureros, en la que los derechos de los pueblos se respeten, de manera que los tratados y compromisos contraídos con otros Gobiernos en beneficio de la paz no se conviertan en inútiles tiras de papel que merezcan indiferencia o incumplimiento.
Lo que aquí señalamos debe hacerse extensivo a todos los ámbitos de la función pública, especialmente a los jueces, quienes, por razón de sus altos ministerios, han de ofrecer, tanto en sus despachos como fuera de los mismos, un modelo de comportamiento a través del cual la majestad de la justicia se manifieste a los ciudadanos como una viviente realidad.
En la historia de las naciones encontramos figuras estelares cuya feliz memoria se ha hecho imperecedera por la nobleza de sus actos (Simón Bolívar, Abraham Lincoln, Juana de Arco, José Martí, Mahatma Gandhi, Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt, Charles de Gaulle, Konrad Adenauer, Golda Meir, Martín Luther King, Nelson Mandela, José Ingenieros, Domingo Faustino Sarmiento, Bernardo O’Higgins, Rómulo Betancourt, Jorge Eliécer Gaitán; en Panamá, Justo Arosemena, Eusebio A. Morales, Belisario Porras, Carlos A. Mendoza, Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias Madrid, Enrique A. Jiménez, Francisco Arias Paredes, Octavio Méndez Pereira, Ernesto de la Guardia Jr., Roberto F. Chiari, Aquilino E. Boyd, Eduardo Ritter Aislán, Samuel Lewis Arango, Ricardo J. Bermúdez, Carlos Iván Zúñiga Guardia). Fueron grandes por su desinterés, por su rectitud, por su estoicismo, por su valentía y por la magnificencia de sus ideales. Les hicieron inmortales su rectitud de conducta, la delicadeza de sus gestos y su fuerza de abnegación.
¡Son estos ejemplos los que deben servir de modelos y en los que deben inspirarse nuestros gobernantes de hoy, de mañana y de siempre!