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Presidente por la cultura

Por: Redacción 02/05/2016

En Panamá, deberíamos elegir al presidente de la República en virtud de su cultura, carácter y probada experiencia política; que sea capaz de reunirse con las inteligencias más esclarecidas, incluso los sectores de oposición, para dialogar seriamente sobre los problemas nacionales; para exponer con entereza y sin reserva los planes de gobierno, y recibir de sus interlocutores sus valiosos aportes y oportunas observaciones. Un presidente cuya fe en el pueblo sobreviva las peores pruebas, convencido de que se puede confiar en el dictamen del pueblo cuando se le informa bien de los hechos. Pero, infortunadamente, la realidad es muy otra.

Las elecciones del (4/5/14) resultaron una verdadera sorpresa. El Partido Panameñista, del candidato Varela, obtuvo un reducido número de diputados, alcaldes y representantes de corregimiento (fuerzas y motores políticos que normalmente coadyuvan y determinan el triunfo del candidato presidencial), lo cual no cuadra con el estimado estadístico electoral, pero, a pesar de todo, Juan Carlos Varela fue proclamado por el Tribunal Electoral como presidente electo de la República. ¡Empero todavía hay un porcentaje considerable de ciudadanos que duda del triunfo de Varela!

El día 1 de julio de 2014, Juan Carlos Varela fue juramentado como presidente constitucional de la República, y prometió muchas cosas como lo hiciera durante la campaña política. Prometió, sobre todo, un "gobierno decente y transparente". Han pasado ya 22 meses improvisando con un equipo de colaboradores mediocre, anodino e incapaz, que la última encuesta Dichter & Neira de abril pasado, lo califica con menos del 40% de eficiencia.

No obstante, Varela logró y mantiene aún una mayoría en la Asamblea Nacional (incluso con diputados supuestamente de oposición del Partido Revolucionario Democrático), lo que le ha permitido manejarse como jefe-amo de un régimen de "mando personal" (autócrata). Todavía más: controla la Corte Suprema de Justicia, el Ministerio Público y demás entidades del Estado, bajo un supuesto "estilo" simulado de no intervención, pero impone su régimen de "mando personal".

La ciudadanía en las elecciones democráticas de 1994, 1999, 2004 y 2009 demostró ser solidaria con Panamá porque somos fundamentalmente un pueblo humano que se aúna, se organiza por su vocación de justicia, sobre todo cuando ve amenazada su libertad, su soberanía, su independencia, su derecho inalienable a vivir con dignidad, en paz y en desarrollo.

Hoy como ayer nos manifestamos de acuerdo con la liberación a toda costa de la autocracia. Pero necesitamos algo más permanente: ¡Cultura! Es decir, educación y justicia. Por eso, reiteramos nuestra convicción de que es a través de la cultura como podemos juntos romper los "muros" fatales que mantienen la desintegración social en Panamá. El único sentido noble de actividad individual ciudadana es colaborar en la construcción y el perfeccionamiento de nuestra democracia.

La historia política reciente, con su secuela de injusticia social, de discordia, de pasión torva, disgregadora y estéril, que se levantaron y aún se mantienen en el seno de la familia panameña (a pesar nuestro hemos de aceptarlo), a medida que la nación entera se percata de su trágica decadencia. La ciudadanía ha tomado conciencia que la política nacional está compuesta (con pocas excepciones), por hombres y mujeres escasamente cultivados, sin formación cívica ni tradición de estudio. ¡Por lo demás, es primordial, fundamental, que el presidente de la República sea una persona cultivada y, por ende, un promotor cultural consumado!

 *Pedagogo, escritor, diplomático.

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Viernes 24 de julio de 2026