¡Presidente por la cultura!
En Panamá, debemos elegir al Presidente de la República (en virtud de su cultura, carácter y probada experiencia política), que sea capaz de reunirse con las inteligencias más esclarecidas, incluso los sectores de oposición, para dialogar seriamente sobre los problemas nacionales; para exponer con entereza, sin reserva los planes de gobierno y recibir de sus interlocutores sus valiosos aportes y oportunas observaciones. Un Presidente, cuya fe en el pueblo sobreviva las peores pruebas, convencido que se puede confiar en el dictamen del pueblo cuando se le informa bien de los hechos. Naturalmente, con ese proceder estaría contribuyendo a alejar toda sospecha insidiosa, toda duda en sus buenas intenciones, y estaría también dejando atrás una fase de nuestro comportamiento público que se mostró en el pasado y aún se muestra infecunda, vana, para otra nueva expresión política.
Las elecciones del (3/5/09), resultaron una verdadera solidaridad panameña. Pero la solidaridad es un movimiento formalista, una emoción adjetiva, a fuer de pura emoción un nuevo vehículo sentimental que necesita para caracterizarse ser algo sustantivo, políticamente determinado. Panamá, en las elecciones democráticas de 1994, 1999, 2004 y 2009 también era solidaria con Panamá. Bien, pero, ¿quién es Panamá, de dónde le viene esa unidad necesaria para contribuir a un carácter? Ahora lo sabemos: Panamá es fundamentalmente un pueblo humano, se aúna, se organiza por su vocación de justicia, sobre todo cuando ve amenazada su libertad, su soberanía, su independencia, su derecho inalienable de vivir con dignidad, en paz y en desarrollo.
En el pasado, parecíamos estar de acuerdo en una forma específica: liberación a toda costa de la autocracia. Pero necesitamos hacernos solidarios en algo más permanente: ¡Cultura! Es decir, educación y justicia. No quisiéramos decir sino gratas palabras a nuestros hermanos panameños; por eso reiteramos nuestra convicción de que es a través de la cultura como podemos juntos romper los “muros” fatales que mantienen la desintegración social y humana en Panamá. Rechazamos, de igual manera, por lo que tiene significado de crimen mantener actitudes de disociación, toda vez que el único sentido noble de actividad individual ciudadana es colaborar en la construcción y el perfeccionamiento de nuestra democracia. La historia política reciente, con su secuela de injusticia social, de discordia, de pasión torva, disgregadora y estéril, que se levantaron y aún se mantienen en el seno de la familia panameña (muy a pesar nuestro hemos de aceptarlo), a medida que la Nación entera se percata de su trágica decadencia.
La ciudadanía ha tomado conciencia de que la política nacional está compuesta (con pocas excepciones), por hombres y mujeres escasamente cultivados, sin formación humana ni tradición de estudio. ¡Por lo demás, es primordial, fundamental, que el Presidente de la República sea una persona culta y un promotor cultural consumado!
