Primavera árabe que nunca fue
De haber habido primavera árabe, hoy debería ser verano y, sin embargo, parece que fuera invierno o, al menos, otoño. En cualquier caso, estamos donde empezamos: en Egipto gobiernan los militares que sostenían a Mubarak y los “cambios” que las fuerzas armadas occidentales ayudaron a instalar en el norte de África son solo “buenas intenciones”.
No faltan razones para que los egipcios se hayan lanzado a protestar. Tras un año de presidencia, Mohamed Morsi empeoró las cosas desde las revueltas de 2011 que acabaron con los 30 años de Hosni Mubarak. El desempleo supera el 13% y es causado por las leyes laborales coactivamente impuestas, desde el Gobierno, que impiden el desarrollo natural del mercado, la carestía de la gasolina y los habituales apagones de electricidad debido a un mercado energético encorsetado por regulaciones estatales que no le permiten desarrollarse, la escasez de productos, el abuso de poder y la promoción de sus aliados islamistas, los Hermanos Musulmanes.
Sucede que el desarrollo de todo el cosmos se realiza por maduración. Un niño no pasa a adulto de golpe, sino creciendo de a centímetro. Las revoluciones, que siempre son violentas porque intentan forzar un cambio radical que espontáneamente no se dará, no logran ningún cometido, sino que suelen empeorar la situación.
Desde la intervención armada de los Gobiernos occidentales en Libia, las cosas no mejoraron mucho. Más de 200 kilómetros de dunas, con las blanquísimas rocas calizas típicas del “Desierto Blanco” del Sahara, separan a Egipto de la frontera Libia, paraíso de contrabandistas, particularmente de armas, beneficiados por la desaparición de Gadafi. Pareciera que el destino final de parte de este contrabando es la franja de Gaza y Siria.
Pero Occidente parece no aprender de sus errores, como cuando financiaba a la guerrilla de la que luego surgió el “peor enemigo”, el terrorista Bin Laden. Ahora parecen cada vez más dispuestos a ayudar a los violentos rebeldes sirios contra el tiránico Asad. Deberían considerar entre otras víctimas inocentes, un sacerdote católico decapitado en Siria, según la agencia de noticias vaticana. Los autores del asesinato son rebeldes del Frente Al Nusra, grupo islamista considerado por las inteligencias occidentales como brazo de Al Qaeda. Según algunos, se ha acentuado la persecución de los cristianos, el 10% de la población, casi dos millones de sirios que profesa alguna de las 11 confesiones reconocidas.