Primicia histórica en San Lorenzo
Cuando, humildemente, propuse una misa concelebrada en el Fuerte San Lorenzo como espacio para el cierre del I Congreso de la Pastoral de Turismo de la República de Panamá, liderado por el visionario monseñor José Domingo Ulloa, no era consciente de la magia irreversible que iba a generarse en aquella loma sacudida por los vientos de la historia durante la celebración del Día Mundial del Turismo, el viernes pasado.
Aunque todo el mundo temía a la lluvia, muy común en estos páramos, la fortuna nos sonrió en forma de legiones de mariposas azuladas ofreciéndonos una revoloteada bienvenida nada más al ascender por la serpiente de hormigón que se adentra en la selva al oeste de la esclusa de Gatún. Yo ya intuía que escamparía, como de hecho sucedió.
Cientos de estudiantes al descender de los autobuses se desplegaron como muchedumbre multicolor entre las húmedas, grises y verdes piedras del fortín, la mayoría primerizos visitantes sorprendidos ante aquel pedazo de historia con forma de península desde donde se contempla el zigzagueo del río Chagres al desembocar en la mar.
Tras atravesar dos fosos por puentes levadizos, penetramos por la puerta en forma de cúpula que milagrosamente se mantiene en pie, como todas las galerías de arcos, al igual que muchos cañones de hierro fabricados en la maestranza de artillería de Sevilla en 1598, cuando el rey Felipe II ordenó la construcción de la fortaleza bajo la tutela del ingeniero italiano Bautista Antonelli. Una que otra solitaria garita nos grita a voces contra el abandono inexplicable al que sometemos los istmeños a este magnificente bien patrimonial de la humanidad.
Al son del tambor y el súbito grito de raíces africanas de la hermana Arminda dimos la bienvenida a la Palabra, con rítmico y candente cántico portando la Biblia una guapetona multicolor pollera congo, que al entregarla al padre Efraín de León, este la levantó dando varias cadenciosas vueltas con ella, antes de depositarle en las manos de monseñor Ulloa en el elevado altar donde le acompañaban en concelebración eucarística los obispos de la República.
Acto seguido y continuando el séquito, afloran empolleradas e indígenas representantes de cada rincón de nuestro folclor, portando el cáliz y los otros elementos de la celebración. Mi sorprendido colega español Dr. Feliciano Correa, típicamente serio, no salía de su asombro al regalarnos una atónita sonrisa ante el singular espectáculo que admirado contemplaba. ¡Jamás en su vida había presenciado acto símil y para ser honesto, tampoco yo!
El analítico acecho con intachable guiño nos reveló, posterior a la eucaristía, el lado humano de monseñor Ulloa al presenciar el punto, baile de salón, tejido excelsamente por el padre David Cosca en compañía de guapísima pollera, quien de seguro al momento de tomar los votos le recordó al Señor que la alegría del santeño jamás se pierde al adoptar los hábitos.
¡Todos, sin excepción, le observamos con encubierta envidia! ¡Cómo un hombre de Dios baila tan bien, es pródigo espejo de nuestra nación!
¿Dónde está aquel sueño imposible, tan enloquecido: a qué pila de escombros hay que ir a buscar? Después de todo, saboreando a Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Es así que cuando observo en algunos rostros istmeños la prudencia, la resignación y el temor, suspiro en mis adentros: ¡ojo! Observo mi corazón y siento su palpitar. Disciplino para estar alerta. Muchos dicen: “Les pasa a todos: el tiempo pasa”. Me dirán loco. Yo siempre estaré buscando en los bosques las azuladas mariposas, en los mares, las aletas de juguetones delfines y en San Lorenzo una bendecida eucaristía que hizo la estupenda diferencia entre lo que es y lo que puede ser.