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Prisioneros de egoísmos


La calidad de gobernantes y de asociados, sin duda alguna, determinará la existencia de un país ideal al estilo de Tomás Moro o, al contrario, una país de precariedades y antivalores al mejor estilo de aquellas ciudades tétricas que otrora nos presentaran Mel Gibson y Tina Turner. La diferencia entre una y otra viene marcada por los estados psíquicos y físicos de sus intervinientes o participantes. En el país ideal, el que yo advierto, reina el bienestar común y el Derecho se erige como efectivo instrumento de cambio y de control social. Se habla de la existencia auténtica de un Estado de Derecho regido por la equidad, la justicia social y la transparencia en el funcionamiento de las leyes que sustentan a las instituciones del Estado.

Se dice que el viejo postulado del imperio de la Ley -la Ley buena y justa- es el principio y norte del Estado. En el Estado de precariedades prima un escenario de incertidumbres y de carencias por doquier, en los aspectos de la vida cotidiana. La institucionalidad degenera en caos y éste en desorden. Los conceptos de autoridad y gobierno civil se entierran en una masa de olvido en donde el espíritu egoísta gobierna y pulula de modo rampante. Es menester construir sobre principios la vida de una nación.

Principios de transparencia, lejos de la chicana y la artería que terminan dando al traste con todo lo que se erija como lógico, justo y racional. Panamá no puede, seguir atrapada por los egoísmos de sectores que tienen al dinero como su ídolo o como su dios. Ninguna élite de poder ni social, de ninguna clase, puede atribuirse el don de la verdad absoluta. Se requiere cordura, templanza y un poquito de sentido común. Este país no es de nadie y es de todos nosotros. El consenso democrático no puede ser vilipendiado por clases ni por sectores políticos ni empresariales que se creen destinados por la divina providencia a regir los destinos de una nación noble como la nuestra.

Es menester, en consecuencia, que se piense en función de país y no de regionalismos perversos. Todos los regionalismos fraccionan. El Gobierno, a mi juicio, pretendiendo demostrar ser amigo de la consulta, ha demostrado debilidad e inconsistencia política y social. Al peor estilo de lo que no debe hacer un gobierno se ha dejado marear, manipular, y lo peor ha venido actuando hasta con miedo. No se trata de apalear, engarrotar, violentar, sino sencillamente de demostrar carácter y autoridad.

O nos hacemos todos en este país miembros de una comarca o simplemente optamos por defender el desarrollo integral del país y tomando en cuenta a nuestros hermanos indígenas para integrarlos a los planes y programas de desarrollo social.

Abogado.