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Progreso que queda por llegar

Por: Redacción 05/08/2015

Los seres humanos tenemos una gran asignatura pendiente, que no es otra que el retorno a una cultura modelada por los abecedarios nativos de un corazón auténtico, para que podamos entender el lenguaje del amor, y nos despojemos de una mentalidad que todo lo divide, en lugar de fraternizar; que todo lo fundamenta en la sospecha, en la confrontación y en la rivalidad, en vez de vincularlo al don de la reconciliación y a la grandeza de un impulso armónico. Lo que desde un punto de vista egocéntrico puede parecernos imposible, irrealizable y, tal vez, hasta inaceptable, otro espíritu más desprendido puede hacernos comprender que la tolerancia es la mejor virtud para sanar cualquier herida. Evidentemente, hemos de volver a conectar con el pulso de un ánimo níveo, además tenemos que propiciar entendimientos, dejarnos envolver por esa sintonía armoniosa entre ascendientes y descendientes, para poder restablecer un clima de sosiego mayor del que conocieron nuestros antepasados. Este es el verdadero progreso que queda por llegar.

Resulta bochornoso que diversas autoridades internacionales de máxima solvencia vengan reiterando desde hace un tiempo la llamada a las autoridades venezolanas para que pongan en libertad a todos los recluidos por el simple hecho de ejercer el derecho a la libertad de expresión. Convendría recordar a todos los pueblos, pues, que el progreso es la superación de todas las dependencias, es avance hacia esa autonomía que nos merecemos por cuestión de dignidad.

Cuando el ser humano piensa únicamente en sus propios intereses, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, resta independencia, y en lugar de abrirse la puerta a la esperanza, se abre la puerta a la violencia.

Un nuevo informe regional de Naciones Unidas presentado recientemente en Bruselas, muestra las grandes barreras que afrontan los menores en la búsqueda de soluciones para hacer justicia por los abusos y discriminación que padecen. Desde luego, una sociedad que no logra hacer justicia, auxiliar a los que sufren, difícilmente se humaniza. De ahí lo importante que es reprender a los subversivos, reanimar a los temerosos, incluir a los excluidos, sustentar a los frágiles, moderar a los ambiciosos, reprobar a los malos, liberar a los oprimidos.

En consecuencia, lo que nos hace progresar puede que esté en no esquivar sufrimiento alguno, sino en la capacidad de aceptar los sinsabores, en madurar con ellos, para reencontrarnos con nuestras propias raíces humanitarias. Quizás nuestra grandeza esté anclada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre.

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Viernes 31 de julio de 2026

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