Prosperando Turismo Cultural
Con el anuncio esta semana de la erección de la celestial estatua de Santa María la Antigua en Amador, cerca del Biomuseo sin querer queriendo, podemos emprender una etapa clave para el florecimiento del turismo cultural istmeño. La icónica imagen, de mayor tamaño que la afamada efigie del Cristo Redentor ubicada a 700 metros sobre el nivel del mar en la cima del cerro Corcovado en el Parque Nacional Tijuca de Río de Janeiro, construida entre 1926 y 1931, cuenta con una dimensión de 38 metros (32 metros la estatua más 6 metros el pedestal, comparada a su homóloga brasileña con 22m/6m).
A través del morbo popular me enteré durante mi primera jornada en Río de Janeiro en enero de 1976, al hospedarme en el hotel Debret, ubicado en el 3564 de la Avenida Atlántica frente a la bahía de Guanabara, en Copacabana, departiendo con el conserje antes de salir a trotar bordeando el malecón más famoso del mundo, que utiliza en sus aceras la técnica de empedrado en portugués en forma de olas, serpenteando la aledaña playa de Ipanema, que en Brasil, los ciudadanos de Río, mejor conocidos como cariocas, tienen fama de vagos, mientras los de Sao Paulo, o paulistas, son muy trabajadores.
Me relataba mi interlocutor que la estatua del Cristo Redentor, con los brazos abiertos en las alturas, vigilante de toda la actividad citadina, aplaudiría el día que los cariocas trabajasen. Esa reminiscencia de la afamada imagen permanece indeleble en mi memoria, desde hace ya 37 años.
Hasta el momento, el sitio con el mayor flujo de turistas en el Istmo es el Centro de Visitantes de Miraflores. Con la apertura del Biomuseo, excelsa obra de Frank Gehry, dentro del puñado de los mejores arquitectos del mundo, se creará un magneto de atracción turística hacia esa exhibición que narra la particular historia natural del Istmo, importante relato que concluye con la teoría de la génesis del homo sapiens a raíz del surgimiento de Panamá de los mares, unificando las masas de las dos Américas, cuyo mensaje subliminal es la visita al Panamá verde, aquel que todos envidian y que el “New York Times” describe como “una vergüenza de belleza natural” (“…an embarrassment of natural beauty”).
Intercalada, brota la imagen de Santa María la Antigua, patrona de Panamá, ante los ojos de los conquistadores españoles y de la mayoría de compatriotas, que como yo, aún profesan la fe católica, apostólica y romana de nuestros ancestros. Habrá algunos, como siempre, que tendrán un apéndice de protesta por sus variadas inclinaciones religiosas. Para ellos es importante aclarar nuestro respeto y aceptación de sus preferencias, después de todo, el Panamá del siglo XXI es una aldea global, sin discriminaciones, pero aún no tan incauta como nuestros vecinos al norte, que debaten si deben eliminar o no el credo “In God we trust” del billete de dólar.
Se preguntará el amable lector ¿qué tiene todo esto que ver con turismo cultural? A lo opuesto del Cristo de Corcovado, cuyo pedestal a partir de 2006 se convierte, durante la conmemoración de sus 75 años, en una capilla consagrada por el arzobispo de Río de Janeiro, el cardenal Eusebio Oscar Scheia, bien pudiésemos utilizar el recinto interior del pedestal para que prevalezca como un centro capitalino de orientación al turista, inexistente hasta el momento, sirviendo también como carnada a visitar el sitio.
Dotado de amplia literatura, administrado por amables guías plurilingües, serviría de punto de referencia para conocer los sitios históricos del país, entre otros, Panamá Viejo, Casco Antiguo, Portobelo y San Lorenzo en Colón, el cerro Pechito Para’o, desde donde Balboa divisa el Mar del Sur en Darién, la iglesia de Natá de los Caballeros, la más antigua de Tierra Firme, y la de Taboga, la segunda más antigua, el Camino Real entre Panamá Viejo y Portobelo, cuyo trazado como el primer sendero turístico intercontinental debe ser emprendimiento obligatorio del próximo gobierno, a muy bajo costo, creando un nuevo atractivo histórico para los visitantes.
Este centro, en lo opuesto a Miraflores, brindaría a los visitantes una deleitable opción gastronómica panameña, reemplazando las gaseosas y hamburguesas del otro, por ceviches, pixbae, dulce de marañón y otros frutos de la cocina istmeña, bajándoles con un repertorio de jugos tropicales, más allá del tan monótono “naranja o piña”, haciendo alarde de la creatividad tropical.
Albergaría una tienda de artesanías administrada por indígenas de cada una de nuestras etnias y guapas representantes de nuestro folclor, todas ataviadas con sus preciosos ropajes, que serviría como el centro nacional de artesanías. Presentaría un polo vivo de actividades folclóricas, donde también se reunirían tejedoras de molas, trenzadoras de sombreros, escultores de tagua y modistas de polleras acompañados por orfebres de las joyas que adornan nuestro traje nacional para que los turistas y nacionales realzaran su asombro al observar las diferentes técnicas y especialidades.
Maximizando el espacio disponible con una dosis de imaginación y afecto, nos dotaría de un harto necesario centro de acogimiento turístico, que a través de sus múltiples actividades comerciales, pagaría el costo del adecuado mantenimiento del centro y de esta magnífica obra, futuro ícono de nuestra sublime patria.