Punto de Vista Manuel Ayau, prócer latinoamericano
Ciudad de Guatemala (AIPE ) - Manuel Ayau ya tiene asegurado un sitial eminente en Iberoamérica y, más aún, una mención honorífica en la historia mundial de la Libertad. Nadie como él ha logrado trascender las fronteras con el mensaje ético sobre la responsabilidad de cada quien de crear riqueza dentro de los cánones de las mejores tradiciones de Occidente, y sobre bases científicas de una férrea lógica interna.
Todo germinó en aquel momento en que como joven ingeniero civil guatemalteco tuvo sus primeras experiencias laborales en América del Norte y al contrastarlas con las de su natal Guatemala se hizo la pregunta seminal: ¿Por qué somos pobres?
Fue el acertijo que lo ocupó durante los primeros años de intensas reflexiones y, por sus propias luces, halló muy pronto la respuesta apropiada: “La pobreza no tiene causas; es el estado natural del hombre. La riqueza, en cambio, sí las tiene, y merecen ser escudriñadas”.
Por suerte, esa inquietud le llevó a tropezar casi con la figura y el pensamiento de Ludwig Erhard, el “padre del milagro económico alemán”. Ya de antes había establecido contacto tanto intelectual como personal con expositores más recientes del liberalismo clásico, tales como Henry Hazlitt, William Hutt y Leonard Read.
Manuel Ayau ha sido más que un genial y valeroso autodidacta, al estilo de Adam Smith y David Hume. Su acendrada pasión por la verdad le llevó a erguirse sobre los hombros de gigantes en los más variados campos del derecho, la política, la filosofía y hasta del arte musical clásico.
De ello dan testimonio su prolífica actividad de escritor, sus innumerables conferencias y debates entre lo más selecto del mundo pensante, y de las numerosas distinciones que le han llovido, en particular la presidencia de la Sociedad Mont Pelerin.
En Guatemala nos deja dos instituciones imperecederas: el Centro de Estudios Económicos y Sociales, popularizador de los valores y métodos del pensamiento liberal ilustrado desde 1958, y la Universidad Francisco Marroquín, fundada por él y un puñado de empresarios en 1971, a la cabeza su gran amigo Ulises Dent.
Para una juventud actual, estudiosa y de ilusiones cívicas pero sin héroes que emular, el derrotero a seguir se los marca hoy Manuel Ayau -para sus amigos “el Muso”-. Para muchos de ellos es la intrepidez personificada y el símbolo vivo de los valores vividos de su familia en compañía de su bella Olga y de sus hijos, todos hombres y mujeres de bien.
Aparte de sus éxitos comerciales, se ha fogueado no menos en la competencia del mercado cívico y político. Electo diputado al Congreso de la República y habiendo aceptado la candidatura para la Presidencia o la Vicepresidencia de la misma, nunca ha traicionado sus principios. Quizás su aporte más ejemplar y revolucionario será el que le ha ocupado sus últimos años, en colaboración con el constitucionalista José Luis González Dubón y otros estudiosos: las reformas a la Constitución vigente de Guatemala.
Trayectoria rica, de productividad incesante. A mi juicio, muy probablemente junto a la figura del Obispo Francisco Marroquín, el contribuyente más egregio a la moderna identidad nacional guatemalteca.
Para estas fechas, Manuel Ayau apunta a convertirse en uno de esos escasos prohombres que figurarán entre el patrimonio de la humanidad del futuro. Por eso ahora, que libra su batalla más encarnizada contra el cáncer, quiero dejar constancia de mi agradecida admiración por este hombre de modales sencillos, de humor ocurrente, de creatividad brillante, aunque algo escéptico de su propia infalibilidad, como han sido todos los sabios.
*Decano de la Escuela Superior de Ciencias Sociales, Universidad Francisco Marroquín.
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