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¿Qué clase de hambre padece usted?


En el mundo hay millones de seres humanos que padecen de hambre física. El no saciar esta hambre lleva a los seres humanos a cometer las más grandes atrocidades.. El no saciar el hambre de Dios provoca el hambre física de gran parte de la humanidad, ya que la raíz de las injusticias es el pecado del egoísmo humano. Un hombre lleno de Dios no puede ser injusto, ni inhumano con nadie.

El reguero de sangre que hay en la historia de la humanidad ha estado provocado, paradójicamente, en gran parte, por los hambrientos de Dios, que al no encontrarlo, han buscado ciegamente en los dioses del mundo el más craso reemplazo. El deseo indomable de poder, unido a la absurda idea de que poseyendo ciudades, tierras, otros imperios, se harían dioses, llevó a conquistadores de todas las épocas a sacrificar multitudes en aras de su egolatría. Carlo Magno, Aníbal, Nerón, Calígula, Atila, Napoleón, Hitler, Stalin, y otros emperadores, dictadores y reyezuelos como Idi Amín y Duvalier, que han sembrado de muerte su paso por la historia.

De haber caído de rodillas ante Dios, aquellos y otros hubieran sido héroes valerosos como Cristóbal Colón, Simón Bolívar, Gandhi, Martin Luther King, De Gaulle o santos como Pedro y Pablo, Juana de Arco, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, Teresa de Calcuta o el Padre Pío. Tocar la trascendencia transforma la persona en un Miguel Ángel, en un Leonardo da Vinci, Beethoven, Mozart, Pablo Neruda, Gabriela Mistral o Pavarotti, porque el arte es manifestación de lo Eterno Bello y, sabiéndolo o no, los artistas, científicos o profesionales de cualquier rama, al igual que los buenos esposos, los disciplinados obreros han sido invadidos por el Espíritu y por eso producen el bien. Hay muchos “cristianos anónimos” en todas las culturas y religiones. Los grandes investigadores, como Edison, Fleming, Ford y Einstein, vivieron inspirados por el Espíritu y produjeron obras positivas para la humanidad.

Mientras no logremos estar con Él, estaremos como maniquís en las vitrinas del mundo, ropa, carros, títulos y cuentas de banco, intentando, con la vanidad, atraer la mirada de otros y sentirnos bien adorando nuestro ego.

Y como nada llena el corazón del ser humano, solo Dios, la gran tragedia nuestra consiste en andar buscando mil maneras de saciar nuestra hambre de divinidad, dando tumbos durante toda nuestra vida, buscando lo que jamás podrá llenarnos. Por eso, las idolatrías y los crímenes subsiguientes, las grandes torpezas que cometemos dejan tantas víctimas inocentes en el camino. Lo ideal sería tomar conciencia de la presencia de Dios, llegar a tener un contacto permanente con ese Ser que lo trasciende todo y que está en todo, llamarlo Padre, gracias a la revelación de Cristo, y amarlo con todo el corazón. Eso nos haría invencibles a las idolatrías.