¡Que inventen ellos!
Cuando se trata de evaluar el trabajo de cualquier universidad pública para decidir si cumple o no con los objetivos sociales, no podemos limitar el juicio a revisar su oferta académica, la cantidad de estudiantes matriculados y los egresados que cada año adquieren un título. La universidad no tiene únicamente la responsabilidad de impartir conocimientos sino también, y principalmente, enseñar a aprender, a pensar, a participar y a sentir. Si queremos justificar el esfuerzo que representa mantener una institución de formación superior, deben emprenderse tareas que van más allá de dictar clases en los salones. Debe promoverse la práctica de los deportes, las actividades culturales, los proyectos de acción cívica y social y la investigación seria. Hay que revisar la metodología de la enseñanza, los recursos audiovisuales, la formación de los docentes y el equipamiento de sus laboratorios. Sus estudios deben reflejar interés por el tema del ambiente, la presencia de valores éticos, la preocupación por los problemas sociales, y la oferta de alternativas de innovación y emprendimiento. Bajo ese prisma no es difícil concluir que en Panamá tenemos un gran trabajo que hacer. No es motivo de orgullo para un país jactarse de contar con una universidad que tiene decenas de miles de estudiantes, si en ella no lleva adelante un quehacer que justifique su categoría y existencia.
