¡Qué mujer!
Eran las tres de la tarde y el último suspiro de Jesús se escuchó como el murmullo de miles de hojas de árboles de otoño, cuando vuelan sueltas por los aires y caen en tierra hasta quedar inmóviles. Y se oyó al redentor cuando sollozando, con voz apagada y entrecortada dijo: “Todo se ha cumplido”… “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Y expiró. Tembló la tierra, el sol enmudeció, se partió en dos el velo del templo y la gente asustada y arrepentida se volvió a sus casas dándose golpes de pecho. “Hemos matado al inocente”, decían. El centurión romano exclamó: “Este sí que era hijo de Dios” y mandó que le clavaran una lanza para asegurarse que había muerto. Y al hacerlo brotaron, como de un manantial que se seca, delicadas gotas de oro y plata, sangre y agua, lo último del recipiente humano y divino del corazón de Jesús. Lo dio todo, hasta lo último de su ser. Se había muerto el Salvador.
Surgía como contraste del rojo sangre de las múltiples heridas del cuerpo de Cristo, la figura blanca, fina, noble, de una mujer moldeada en el bronce del dolor y el sacrificio, triste con el corazón atravesado por la espada del infortunio, en medio de la oscuridad, besando los pies ensangrentados del cadáver de su hijo, mirando hacia arriba, contemplando el cuerpo inerte del cordero llevado al matadero. Es María, la madre de Jesús, que con sus lágrimas como perlas corriendo por su rostro, está allí firme, valiente.
Frente al madero está la mujer preservada de todo pecado, que aceptó la voluntad de Dios de ser madre del Señor, pronunciando un “sí” valiente, confiando totalmente en la Providencia Divina y que al decir “hágase en mí según tu Palabra” el Verbo se hizo carne en ella y que al igual que ayer hoy acepta la voluntad del Padre que entregó a su Hijo por la salvación de todo el mundo y que de dolor en el calvario muere sin haberse muerto.
Ya descienden el cuerpo del Cordero degollado, del mártir del Gólgota, y lo depositan en los brazos de su Madre, y que al igual que hace treinta y tres años lo abraza, lo acurruca y lo mece, esta vez llorando y clamando al cielo que alivie su dolor tan agudo, profundo y certero. Besa la frente y mejillas de su Jesús amado, y su rostro y manos, manto y túnica quedan impregnados de la sangre bendita, salvadora de Cristo.
Qué soledad tan espantosa la que experimentó María, los tres días del Cristo muerto en el vientre de la tierra, y solo la consuela la fe de que su hijo será resucitado, y esa mujer campesina y sencilla, santa y obediente al Padre, fuerte, serena, nunca se dejó vencer por la desesperación y creyó que su hijo vencería a la muerte y con él también nosotros, con quien somos invencibles. Amén.