¿A quién escucha el Sr. Presidente?
El que nos diga que en Panamá todo está bien no es transparente; no hay que
ser un observador agudo para darse cuenta que la política, el poder y sus relaciones con la sociedad cursan una línea extremadamente delgada y frágil, que no hay que tomarla con ligereza. Pensar que en economía su crecimiento lo es todo
constituye un error. De seguir por los caminos en que se desenvuelve la vida nacional, la crisis que existe tenderá a empeorar. Hay que ser ciego para no darnos cuenta que nuestra institucionalidad ha venido de más a menos. Tenemos un Órgano Judicial que no vende confianza y credibilidad, una Asamblea Nacional en su legitimidad social disminuida, un Ministerio Público con iguales padecimientos, un Seguro Social que no sale del pantano de problemas; partidos políticos que no logran soldar empatías con las grandes mayorías y con frentes internos que dificultan su coherencia e unidad, ausencias de liderazgos nacionales, una seguridad ciudadana que no satisface lo suficiente, problemas de corrupción que involucran cuestiones de tierra; un Tribunal Electoral sometido a desafíos que pudieran amenazar su autoridad, alto costo de la vida, problemas de salud poblacional, recurrente malestar del poder con los medios de comunicación social, y para rematar con la ruptura de una alianza.
Todo lo anterior, es lo que me lleva a preguntarme ¿quién o quiénes asesoran al Presidente. ¿Me ratifico en el señalamiento de que la economía y la fuerza bruta no necesariamente auguran estabilidad y equilibrio. Hay que rectificar y volver sobre los caminos de la democracia participativa y societaria. Señor Presidente: la luz de los semáforos de la democracia es de marcada intermitencia, lo que presagia tempestades a mi juicio evitables.
Resulta evidente que por los lados del gobierno, no existe la claridad para entender que el poder es suma y correlación de fuerzas. Mientras se mantenga en esa posición, continuarán los problemas y los desaciertos.
