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¿Quién gobierna al Presidente?


La figura central de la vida política de una República es su Presidente. Y la Política es, además, el arte de gobernar un Estado. Por ello, muchos entienden que nadie gobierna a un Presidente de la República. Y, sin embargo, no gobierna solo. Existe una Constitución que señala que el gobierno está formado por la genta y para la gente. Y no por un gobernante. Con ello, la Constitución busca garantizar que todos gocemos de ciertas libertades individuales para que alcancemos un bienestar común.

De modo que, en vez de elegir un sistema monárquico o dictatorial se redactó una Constitución que crea un gobierno donde el poder político está separado. De ahí que el gobierno está formado por tres ramas de gobierno: el Poder Ejecutivo, el Judicial y el Legislativo. Y todas deben velar porque no se viole la Constitución.

Pero no siempre es así. Hay gobiernos que violan la Constitución Nacional. Ven en todo acto de gobierno una forma ratera de lucrar con la hacienda pública, de los demás. Y son unos ineptos.

Esta falta de aptitud o falta de capacidad para gobernar o gestionar la cosa pública de la mejor manera es la que termina por corromper todo el sistema gubernamental y hasta la República entera.

El buen Presidente evita a toda costa esa corrupción general. Escoge por ello a gente seria, digna, honrada, preparada y apta para el manejo de la cosa pública. Cree, pues, en los hombres de bien y en la sabiduría. Y no en la astucia, la lisonja y la fuerza. Es coherente con su buena crianza, con sus abnegados principios y con sus más caros anhelos. Y no está hoy con Dios y mañana con el diablo. El buen Presidente se sirve del buen consejo y de las buenas amistades. Y escucha a todos, sin olvidar que fue electo por la mayoría de los ciudadanos del país. Así que la voz de unos cuantos no pone en peligro el clamor de los demás. Ni le arredra.

En fin, Panamá requiere que su actual Presidente sea el mejor del país. Y esta es una mezcla difícil de conseguir, pero no es imposible. Necesitamos el patriotismo de Roberto Francisco Chiari. La rectitud de Ricardo J. Alfaro. La hidalguía de Francisco Arias Paredes. La brillantez de Eusebio A. Morales. La honestidad de Belisario A. Porras. La gobernabilidad de Enrique A. Jiménez, la destreza de Ernesto De La Guardia y la determinación de Harmodio Arias. Solo hace falta que nuestro Presidente se deje gobernar de alguien. Y ese alguien es Dios; aunque la minoría no lo entienda (Sal 127,1).