¿Quién soy yo? ¿Una minúscula realidad?
Esta es mi verdad: soy un amasijo de huesos y de músculos, de sangre que circula y de heces en mi bajo vientre, una caña que piensa y un camino irreversible hacia la muerte; un ser que camina mientras puede, que se doblega fácilmente cuando la enfermedad viene, que depende de comer y evacuar para vivir y recuperar fuerzas cuando duerme. Soy un punto perdido en el espacio, que habita en un planeta que circula dando vueltas como otros alrededor del sol y que pertenece a un sistema solar, a una galaxia y constelación que se pierde en el inmenso universo. Esos soles que se mueven a miles de millones de años luz de nosotros no pueden “ver” siquiera a esta galaxia donde se mueve la Tierra, donde estoy yo, un ser extremadamente minúsculo ante tantas inmensidades.
NO VALGO MÁS QUE UNOS POCOS DÓLARES CUANDO MUERA, SI EN UNA CAJA REUNIERAN LOS ELEMENTOS QUÍMICOS DE DONDE PROVENGO Y SE VENDIERAN EN UN LABORATORIO.
Soy un ser extremadamente limitado. ¿Y qué es lo que me creo yo si no pude escoger siquiera el día de mi nacimiento ni los padres que se unieron para darme mi existencia ni el color de mi pelo ni la raza de mi cuerpo ni el sexo que yo tengo?
Soy un ser que físicamente apareció un día en la Tierra y cuando sea el momento morirá sin remedio, y poco a poco su cuerpo desaparecerá como tal, convirtiéndose en un poco de tierra, que a su vez se integrará en otros elementos y del cual no se encontrará nunca más ni rastro de lo que era.
Me podré revestir de títulos y dineros, de joyas y colgarme la vestimenta del más lujoso ropero, repetir a voz en cuello que tengo apellidos de abolengo y hasta llamarme rey de América o del mundo entero, si fuera posible que así se diera. Y aun así, “polvo soy y en polvo me convertiré”, no valgo más que unos pocos dólares cuando muera si en una caja reunieran los elementos químicos de donde provengo y se vendieran en un laboratorio.
Ese ego tan fantasioso, tan ilusamente grandioso, que se erige en dios por un momento, que no es capaz de preguntarse: ¿qué son 80 años comparados con la eternidad, con lo que nunca comenzó ni terminará? ¿Qué me he creído? Ese ego es como un foco de luz, el más potente, que se dispara al cielo y mientras esté encendido será bien visto por muchedumbres, pero al simplemente apagarlo, se desvanece, desaparece, como si no hubiera existido. Eso es mi ego fatuo, engreído, vanidoso y mentiroso. ¡Qué necio, qué tonto soy!
Más soy grande por ser hijo de Dios. Ahí todo cambia, se hace nuevo, una entidad preciosa nace que me transporta a otra dimensión, que me hace ser esencialmente inmortal, capaz de heredar un cielo prometido, una eternidad de gozo y me da el peso de lo infinito, al ser aceptado por la Trinidad Misericordiosa y me convierte en un alguien para “Alguien”, en un yo para un “Yo soy el que Soy”. Estamos hablando de lo eterno, sublime, de lo espiritual e invisible a los ojos humanos, de lo que es y perdura, de lo que tiene consistencia no en lo material, sino en la divina esencia y existencia de alguien que no es abarcado por el tiempo y el espacio, que sostiene todo y a él nadie lo sostiene, que lo puede todo y nada lo detiene, que lo abarca todo y lo trasciende, que es en sí el que es, Dios nuestro Señor. Él es la fuente de la vida y todo en Él se mantiene.
Una palabra se escuchó y me llamó “Hijo mío”, y fue lo que el Padre pronunció en el Verbo encarnado y a raíz de ese momento “ese polvo que vuelve al polvo” se convirtió en un ser luminoso, imagen y semejanza del que lo creó y quedó para siempre en el corazón de Dios como persona, tratado como lo hace el Padre con el Hijo, amado para siempre como ama a Jesucristo.
“Tú eres mi hijo amado”, pronunció Dios y todo se hizo nuevo; ya no soy solamente pura carne, sangre y huesos, un ser “nacido para la muerte”, sino una criatura nueva, un ser tomado de la nada y elevado por las manos divinas del que todo lo puede y convertido por pura misericordia en un “dios por participación”, trascendiendo toda materia y tiempo, sumergido en el corazón de la Santa Trinidad, habitando en Dios para siempre, cantando sus maravillas. No dudaré nunca del amor de Dios y de su poder; me pongo en las manos de quien todo lo puede y con Él soy invencible.