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¿Quién tiene la verdad?


Rogelio Herrera (opinion@epasa.com) /

Ante la abrumadora postura en favor y en contra sobre diversos temas de interés nacional e internacional, que se dicen y se escriben en el escenario panameño, el gran público istmeño y del mundo se pregunta ¿quién tiene la verdad?

Comencemos por decir que la verdad es un problema capital que corresponde a la Epistemología o Teoría del Conocimiento. Inquiere este concepto: ¿cuándo podemos decir o creer que existe una relación de correspondencia entre el sujeto y el objeto? Y es que eso nos da la seguridad y la certeza de que, en efecto, los juicios formulados o emitidos por mí corresponden o no a la realidad. Si no hay coincidencia, entonces ese juicio será un enunciado falso; si existe correspondencia con la realidad, entonces podemos declarar como verdadero ese juicio. Hay una trascendencia con la verdad.

Hay personas cuya naturaleza seguirá siendo la misma, por encima de la moral, la ética y la razón, les vale las virtudes propias del gran sabio de Atenas. Recordemos el caso del alacrán y la rana, que luego que esta última le salvó de no ahogarse, le clavó el aguijón con el veneno mortal. La rana le preguntó: “¿cómo has podido hacer algo así?” y el alacrán contestó: “porque esa es mi naturaleza”.

La naturaleza, la esencia de muchos políticos, es la de destruir todo, mantener la enfermedad del yoísmo, yo, yo y siempre yo, de hacer prevalecer una mentira repitiéndola 100 veces para convertirla en verdad. Se trata de mentes malvadas que solo tienen el deseo de lograr el poder político y socavar la democracia o servirse de ella.

El político panameño saca a relucir su talante, con acusaciones temerarias, sin control en la lengua. Eso es parte de la conducta humana en Panamá. Lo que nos obliga a un estudio racional sobre los componentes y los factores que forman e integran la personalidad. En la sociedad panameña hay gente honesta, decente, pulcra; en tanto que en otros sectores y de la oligarquía, hay grupos de poder económico en donde reina y domina la abundancia de fortunas mal habidas, producto de la impunidad y de la más inmoral de las corrupciones.

Frente a estos problemas, ¿qué debemos hacer?

Son realidades que de una u otra forma nos impactan, en nuestro Panamá conflictivo y tan lleno de paradojas y de contradicciones. ¿Es admisible ignorarlos? Lo más indicado es hacer un alto. Pensar y repensar sobre cuáles serían las consecuencias morales o humanas de la corrupción, la impunidad y el decir lo que se me antoja, aún en contra de la dignidad y el decoro.

Podemos pensar en un código para políticos, ¿por qué no? La clase política de cualquier país del mundo está sujeta a trasgredir normas legales, reglas éticas y leyes de carácter social. Entendemos que la política está profundamente asociada a la ética. Ocurre que a quienes tienen en sus manos las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales se les llama “políticos”. Como su comportamiento deja mucho que desear en el orden social y moral, entonces es cuando nace la idea de un “código para políticos”.

Pero tenemos esperanza, ya que existe un avance moral progresivo. Podemos percibir cambios cualitativos en el comportamiento moral del hombre y de los distintos pueblos del mundo. Es decir, que a todo lo largo de la historia es posible observar y detectar cómo las distintas comunidades humanas van superando comportamientos ásperos y rudos por comportamientos menos agresivos. De actos belicosos e inamistosos se pasa, por ejemplo, a choque de manos, a saludos de bienvenida o de despedida, al cruce de palabras de aprecio y simpatía. Todo ello nos está indicando que hay conductas morales que evolucionan históricamente y que, en consecuencia, es factible y correcto hablar de ciertas formas de progreso moral.