Raymond Mizrachi: ¿revolución educativa?
Cuando de educación se trata, vista esta como institución, sistema o método, creemos que algo tenemos que decir. Más de 24 años dedicados a la docencia universitaria, pienso, me reconocen el derecho a opinar. Aunque ya hace casi siete años que dejé las aulas universitarias de la Facultad de Derecho, por voluntad propia y para dedicarme a otros menesteres, confieso que me apasiona la docencia. Y no puedo divorciarme del espíritu del docente: ¡enseñar, instruir, siempre!
Quiero, en ese propósito, traer a colación parte del diálogo que sostuve, a mi juicio, con una mente joven, brillante, como lo es la de Raymond Mizrachi, panameño de pura cepa. Sin entrar en el currículum vitae de este caballero, confieso también que me impresionaron, profundamente, sus ideas sobre la educación.
Como él mismo se denomina, es un mutante –vocablo que usa no para identificarse como tal, sino para acentuar su propia naturaleza, propia de esos seres que llamamos “extraños” porque escapan del vulgo o del pensamiento ordinario de las masas, o porque, simple y sencillamente, no siguen como borregos las líneas de pensamiento de otros o hacen lo que los otros acostumbran hacer frente a determinados problemas, circunstancias o situaciones. Téngase presente que los mutantes, debido a la alteración genética, exhiben características diferentes a las que muestran los demás individuos de su especie. En Raymond Mizrachi, ello no ha acontecido por alteraciones genéticas, sino por alteraciones filosóficas, generadas por él mismo, sobre el cosmos, la vida, Dios y el “yo”.
Es en los escenarios del “Cosmos”, “la vida” y el “yo”, en donde encontramos las aportaciones que hace Mizrachi sobre el tema de la educación. Por ejemplo, no concibe la educación sin un programa que prepare al hombre, que le enseñe al ser humano, a tener, al final de sus estudios, un claro concepto de él mismo, de los propósitos de su existencia sobre la tierra, en sus relaciones con los demás, algo así como tener conocimiento y dominio de cuál es su fin sobre la tierra y cómo los conocimientos advenidos —buscados por cuenta propia con la guía de un educador o docente— contribuyen a alcanzar ese fin. Por ello, no ve a la escuela como un lugar en donde va el estudiante a buscar conocimiento, o en donde se llena la cabeza del muchacho de que tiene que saber esto o aquello y que este sea o se convierta en un mero repetidor del conocimiento.
SE VE CON CLARIDAD QUE LA EDUCACIÓN ACTUAL ADOLECE DE LA META: ENTENDIENDO POR META EL PUNTO O LUGAR AL QUE SE QUIERE LLEGAR. CON ELLO NO QUEREMOS DECIR OTRA COSA QUE LA EDUCACIÓN PANAMEÑA CAMINA HACIA LA DERIVA, ES DECIR, SIN RUMBO Y NO NOS HA DICHO CUÁL ES EL PERFIL DE PROFESIONAL QUE QUEREMOS BRINDARLE A LA SOCIEDAD, AL MUNDO...
No, no la concibe así. La advierte a la inversa: la academia o la escuela es en el hogar o en la casa. Es allí en donde hará las investigaciones de todo aquello hacia lo cual muestra el estudiante inclinación o apetencia, luego a la escuela, física o estructural, irá solamente a confrontar el conocimiento con el docente o guía, quien estará en el deber de disipar sus dudas o inquietudes, sean estas literarias, técnicas, científicas, filosóficas, etc. Nuestro sistema educativo, opina Mizrachi, impresiona ser una máquina de hacer embutidos, al final sale el producto: un chorizo.
Este punto de vista es importante, sustancialmente importante. Pues se ve con claridad que la educación actual adolece de la meta: entendiendo por meta el punto o lugar al que se quiere llegar. Con ello no queremos decir otra cosa que la educación panameña camina hacia la deriva, es decir, sin rumbo y no nos ha dicho cuál es el perfil de profesional que queremos brindarle a la sociedad, al mundo, cuáles son sus valores, sus fines o propósitos, ni tampoco nos ha dicho, el sistema educativo, para dentro de 10, 15 o 20 años, qué tipo de ser humano profesionalizado tendremos.
Al no tener meta la educación panameña, es obvio, como bien afirma Raymond Mizrachi, tampoco tiene método. Si nuestro sistema educativo no tiene, a ciencia cierta, bien definidas sus metas, mal puede tener un método. Se requiere entonces seleccionar un método. Raymond se aparta de los métodos convencionales o tradicionales. Cree en un método autocrítico, empirio crítico y dialéctico, al mejor estilo de la dialéctica del espíritu.
¡Qué distante está nuestro sistema educativo de metas y de propósitos! Hemos perdido toda valoración ética de la dimensionalidad que entraña preparar y fortalecer los espíritus de niños y de jóvenes.
Es hora ya de percatarnos de que en la educación, en nuestro sistema educativo descansa o subyace la sagrada misión de dotar a la patria de hombre y mujeres buenos. También, ¡cuánta falta nos hacen!
Queda abierto el debate serio y objetivo, desapasionado.