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Realidad del terrorismo


Los hechos del 11 de septiembre de 2001 demostraron a la colectividad universal lo que son capaces de hacer aquellos sujetos, devorados por el odio y el fanatismo, a los que dirigen rabiosos clérigos que ofrecen el paraíso a los asesinos.

En esta corriente que patrocinan los seguidores de la retrógrada guerra santa, se siguen cometiendo las más abyectas acciones; como hace siglos, continúan considerando a Occidente su enemigo.

El continente americano no está exento a estas arremetidas; así lo testimoniaron los incalificables acontecimientos que, en ese día de triste recordación, se produjeron en los Estados Unidos, en contra de miles de personas indefensas y de emblemáticas edificaciones, como las Torres Gemelas o el Pentágono.

Buenos Aires, en 1992 y 1994, sufrió mortíferas explosiones que produjeron numerosas víctimas.

En el 2002, la OEA, al reafirmar sus principios y los de la Carta de las Naciones Unidas, reconoció que el terrorismo amenaza los valores democráticos, la paz y la seguridad internacionales. Mediante el fortalecimiento de la cooperación hemisférica, ratificó el compromiso de prevenir y eliminar al mal en referencia; para este fin, en el artículo 4 de la pertinente Convención estableció acertadas medidas.

El riesgo no es solamente por la creciente y subterránea infiltración en Latinoamérica del fundamentalismo islámico sino también del narcotráfico íntimamente relacionado con la virulencia armada, lo que degenera en terrorismo, como se testimonia diariamente en las hermanas Repúblicas de Colombia y México.

Si bien es cierto que, con la necesaria colaboración externa, en estos países las autoridades han emprendido frontales acciones para enfrentar a la delincuencia organizada transnacional que ha llegado a increíbles niveles de perversidad, por otro lado los malandrines, con el fin de huir de estas eficaces medidas de la justicia, van trasladándose especialmente a Centroamérica y el Caribe, para desde allí seguir cometiendo sus fechorías.

Cortar el lavado de activos es una de las mayores prioridades, en razón de que constituye la fuente principal de financiamiento para las actividades ilícitas, singularmente terroristas, de narcotráfico y corrupción.

La presencia del terrorismo, asociado a los fundamentalistas islámicos o a los narcos, como latente amenaza a la seguridad y al bienestar de la sociedad, en tierras latinoamericanas y caribeñas es una realidad que debe ser combatida con todo el peso de la Ley, consolidada su fuerza con el indispensable apoyo internacional.