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Realidad partidista en el Panamá de hoy

Por: Redacción 06/07/2015

En variados campos del conocimiento, no siempre lo que se presenta como tal traduce lo que en esencia es. En la dialéctica hay que saber descifrar el proceso que conduce auscultar las reales contradicciones que el fenómeno esconde. Uno de los conceptos fundamentales en la cultura oriental es el que señala que el que se entrega a las apariencias de las cosas se rinde a la irrealidad de una sombra.

En política, el análisis no puede ser fotográfico. Además, nunca se puede perder de vista otra máxima, y es la que nos dice que el presente contiene el pasado, pero también los elementos para el cálculo previsor (prognosis).

¿Cómo entender la crisis en que se desenvuelve la realidad partidista panameña?

La prueba contundente de esta crisis lo fue el espectáculo que dieron los partidos en la recién elección en la Asamblea Nacional para escoger su cuerpo directivo. Para un estudioso del tema, el fenómeno observado no resultó una sorpresa. Esa ha sido la tónica hace muchos años. No tanto la globalización, sino la filosofía neoliberal que impregnó a toda la sociedad de un individualismo y pragmatismo utilitarista, quebró y redujo el mundo de las utopías e ideologías, a la oscuridad, terminó o dio al traste con las visiones programáticas de los partidos. Aquella concepción del partido, gramsciana, de constituir el modelo de sociedad y Estado al que debemos de llegar, cedió a la imposición de un modelo de vida partidaria, sin norte, sin propósitos ni utopía alguna. Lo que hoy se tiene como partido está referido única y exclusivamente a la cuestión electoral para un relevo del sencillamente quítate que ahora nos toca. Las referencias programáticas constituyen vanos recursos demagógicos y politiqueros.

En este contexto, ética e ideología fueron sustituidas por un maniqueísmo perverso al punto que la política partidaria quedó reducida a cuestión de negocio, intereses individuales y aberrante oportunismo.

Una sociedad donde prevaleció el dogma del pensamiento único, de la cosificación del ser, lógicamente iba a terminar permeando negativamente a los partidos y desluciendo su carácter democrático. Insisto, esa cosificación de la vida y las relaciones humanas moldeó el mundo de los partidos. Usted le pregunta a un político de nuestro tiempo cuál es su norte programático e ideológico, no tiene idea de lo que se le está preguntando.

Esta realidad de los partidos en nuestro país, en un medio en el que prevalece un acentuado presidencialismo, poco o nada se puede esperar; donde el apretón de pinza y la torcedura de manos y pies se imponen.

Vivimos una realidad en la que los partidos también son expresiones de una crisis de utopías, que le viene de la sociedad. Los partidos, desde este punto de vista, están anulados para incidir y abrir las condiciones a nuevos paradigmas.

En ese sentido, la agenda renovadora del sistema partidario panameño, su crisis y solución pasa por lo que denomino una autorreforma, que debe tener dos componentes; 1. Una reforma constitucional, y 2. La apertura de espacio para nuevos liderazgos, que se planteen como tarea fundamental, volver la mirada de los partidos hacia la realidad y hacer conciencia de sus debilidades orgánicas y, de esa manera, retomar o construir nuevos paradigmas y utopías. La clave, entonces, es la autorreforma de la institución partidaria.

La recién elección realizada en la Asamblea para escoger sus directivos, si en algo sirve, es que pone en el debate que el sistema partidario enfrenta grave problema de legitimidad social. Debe obligar volver la mirada hacia adentro y colocar como tema central la autorreforma citada.

El debate en torno a quién ganó y quién perdió, en tales eventos, se queda en la epidermis del análisis.

A mi juicio, el país y la sociedad, simplemente, fueron testigos de más de lo mismo.

Queda abierto el debate.

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Viernes 31 de julio de 2026

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