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Realidades de nuestro país

Por: Redacción 21/11/2016

Se estima que en nuestro país hay 900,000 panameños que sufren de pobreza; y que un número significativo de ese porcentaje cae en pobreza extrema.

Hay hambre, aunque muchos no la quieran ver. Un hambre que tal vez no pueda mitigar ningún cemento; un hambre que no puede contenerse a fuerza de grandes estructuras. Irónicamente, vivimos en una nación en la que coexiste el jet ultramoderno y el buey jalado por carreta, como medios admitidos de transporte. Y la necesidad de algunos sigue siendo tan profunda y tan abarcadora que todo en ellos lo consume, incluso el espíritu de solidaridad y el apego voluntario hacia su prójimo. ¿Quién podría juzgarlos? La sensibilidad social, si nace, es en aquel que primero suple sus necesidades; pero se trunca muchas veces en aquel que, lacerado por el látigo de la carencia, se ve constantemente dominado por un apetito que no llega nunca a saciedad.

Por eso, hay que apoyar toda iniciativa que, más allá de los colores políticos de una nación, busque primero mitigar esa carencia; y en igual medida, hay que oponerse a cualquier obra que mitigar primero esa necesidad apremiante en forma prioritaria.

Vacuna contra el poder

Hay un clamor generalizado de la mayoría de la población por el adecentamiento de la política. La Iglesia católica ha exhortado en innumerables ocasiones a los actores de la vida pública a que se reconcilien con el sentimiento de un pueblo bondadoso, que aborrece la violencia de cualquier naturaleza. Hoy en día la crudeza verbal, el rencor anímico y el insulto personal han venido a reemplazar el diálogo y las relaciones, por lo menos cordiales, que deberían existir durante el lapso de los periodos de gobierno por el bien de la nación. Y el problema surge, a mi ver, por el hecho de vivir inmersos dentro de un eterno periodo electoral, que nubla la razón del individuo con aspiraciones electoreras permanentes y hace a cualquiera flaquear y desviarse del rumbo correcto, que al final no es otro que el bien de todo el país.

Ese adecentamiento en la política exige hoy menos personas que sepan gobernar y más personas que sepan gobernarse a sí mismos; menos conductores de masas ciegas y más docentes de una colectividad que aspira genuinamente a su superación. Más que liderazgos fuertes y viscerales, necesitamos liderazgos conscientes y con sensibilidad social sencilla, que no acaricien el poder con esa sensualidad enfermiza y pervertida, sino que ejercen un papel que honra solo en la medida en que puedan desprenderse del mismo con suma facilidad y sin apasionamientos. Hoy se percibe en la colectividad una búsqueda de hombres y mujeres que piensen más como padres de familia que como dirigentes astutos que se aíslan y desconocen realidades sociales que a todos nos toca vivir. Recuerdo las palabras de un gran amigo que siempre dice “hay que vacunarse contra el poder”. Tal vez esa vacuna es la solución complicada, pero simple, para el ambiente encarnizado y violento de nuestra política actual.

Abogado
 

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Martes 21 de julio de 2026