Realzando la Imagen
A pesar de todos los escándalos que nos lesionan, más allá del racimo de infames ciudadanos que a diario cercenan la nobleza de la patria, de la nefasta corrupción que hurta de todos y el juegavivo legal que no reprende ejemplarmente a los que la practican, la mayoría de los que tuvimos el privilegio de nacer en este pedacito de paraíso aún tenemos la esperanza que algún día, pronto, porque la paciencia tiene su límite y desvanece, la nación sea administrada para todos con honestidad, seriedad, profesionalismo y el desvelo de hacer las cosas bien la primera vez.
Es por ello por lo que cada uno de nosotros tiene que colaborar con su granito de arena para realzar las bondades que nos resaltan. Parte fundamental de la tarea es regresar a nuestro sentido de humanidad. En los últimos años hemos descarriado la caballerosidad del ser, esa que distingue al hombre de la bestia, emulando ejemplos oscuros, degradando el "Homo sapiens panamensis". ¿Qué se han hecho esos buenos días y la generosidad del alma de antaño?
Parte importante de la ecuación es el viacrucis diario de un muy notable segmento de la población. Aquellos que por motivo puramente económico han tenido que salir de la ciudad a una periferia insegura y costosa en términos de calidad de vida y relaciones humanas. Encontrándose la familia dispersa, deprimida y juguete vulgar de las pasiones, se hace cada vez más irresistible el vicio como escape a una cruda realidad de la cual no parece haber salida, engatusados por préstamos que endeudan el peculio, la inocencia y la razón de ser.
Por otro lado, no mejora tampoco la calidad de vida para los afortunados que moran en el centro. El fatídico tranque hace de cualquier diligencia una epopeya. El aumento en la flota vehicular convierte un estrechísimo estacionamiento en un verdadero lujo. El retorno de los diablos rojos, sus negras bocanadas de hollín y desordenado manejo obliga al ciudadano conductor a maldecir al gobierno de turno por su cruel indiferencia cuando ya teníamos ese rascar resuelto. Soportar todo esto para llegar al final del día a cajetillas de fósforos, costosas, mal construidas y sin la garantía de los más sencillos de los servicios, agua, luz y seguridad, se convierte en una bofetada a la tranquilidad de cualquiera, transformándonos en ratones de laboratorio para el más atroz de los experimentos de Mengele.
Ante tal deshumanización, nos vemos obligados a hacer un paréntesis, un análisis de lo que somos y no somos. Ante todo, la brutal realidad de los hermanos venezolanos obligan a poner las barbas en remojo. Añadiendo a todo, la vocación del panameño en quedarse, en no migrar, evitándole un revolú adicional a la paredilla de Trump, que con el desgaste del imperio la debemos sufragar todos para evitar que vengan de allá para acá.
Antes se hablaba de "Centroamérica y Panamá", porque éramos animales diferentes. Ya eso se acabó. Ahora Panamá es el país más rico de América Latina y el Caribe. Y el de peor distribución de su riqueza. Un país de cochinos contrastes, donde se avistan Bentleys, Rolls Royces y Porsches, circulando al lado de un descamisado descalzo durmiendo, si así se le puede llamar, sobre una mugrienta y sudada lámina de cartón.
El reto es ordenar, crear conciencia. El "laissez-faire" y la desgobernabilidad por partidos sin credos rememoran la Venezuela del siglo pasado, con sus "misses" y petróleo, los más pudientes de entonces, que han madurado convirtiéndose en pesadilla. Hay que realzar la imagen, plurilingües, bonachones sin basura, física y mental, como el florecer de los guayacanes. Poderoso alimento para el pensamiento en la intimidad de la hamaca del Sábado Santo.
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