¡Recomendaciones para un buen gobierno!

Por: Redacción 21/08/2017

Hoy ya no es un secreto el problema del aislamiento --y hasta la vanidad y la soberbia-- que produce el poder; y en Panamá este fenómeno no es una excepción. Encerrarse, por ejemplo, en un palacio, ministerio, o en cualquier oficina pública, en una habitación con aire acondicionado, con puertas y ventanas cerradas, con luz artificial; o en un lujoso automóvil con vidrios oscuros también cerrados; ignorando si afuera llueve o hace sol, aislado sin posibilidades de contacto o intercambio inmediato con el resto de la colectividad y de la vida del país; ese es, evidentemente, uno de los más graves riesgos del hombre o la mujer que está en el gobierno. Existe otro fenómeno peculiar en casi todos los altos funcionarios panameños: les complace que la gente se acerque a ellos para decirles lo agradable, lo que se supone que les gusta escuchar… Así, por ejemplo, "Qué bien habla usted o qué bien hace las cosas". Pero es ahí, precisamente, donde se mide la calidad del funcionario, porque se debe estar suficientemente curado y haber madurado con las experiencias propias y de otros, para poner límite a los elogios o, si de todas maneras tiene que escucharlos, no tomarlo como motivo de engrandecimiento.

La realidad de Panamá está en otras partes: está en los miles de desocupados, en la educación, en la administración de justicia, en la corrupción, en la seguridad pública, en los servicios de salud, en la vivienda popular, en las costas, en las montañas, en el servicio público, en los educadores, en los estudiantes, en los industriales y comerciantes, en los profesionales, en el hombre de la calle y de las zonas rurales, en los niños parias que pululan por las calles en la práctica de la mendicidad, la vagancia, la delincuencia. Para templar el carácter y el comportamiento del funcionario (hombre o mujer), independientemente del nivel de su cargo, es menester que este ponga especial atención o desarrolle una gran capacidad auditiva; que sea oídos de la democracia. De esta manera, sabrá ser modesto, porque la modestia del servidor público es una de las muchas maneras de superar el aislamiento, la soberbia y la corrupción. En contraposición a ello, podríamos afirmar que uno de los mayores riesgos del funcionario es la inmodestia y la arrogancia; es decir, aquel funcionario o funcionaria que cree que todo lo que hace está bien, cuando cada quien debe conocer sus límites y también las posibilidades de equivocarse, muchas veces sobre un mismo punto. Es conveniente que el empleado público aprenda a preguntar y a escuchar con respeto y simpatía.

Finalmente, una recordación al Gobierno Nacional: el recurso fundamental del Gobierno moderno es la imaginación, y por eso creemos como los jóvenes franceses de 1968, que la imaginación debe estar en el poder, que el Gobierno en todos los países debe ser un reclutador de inteligencias, de hombres y mujeres probos, ya que estos son los bienes más escasos y más difíciles de encontrar. La democracia no es solo proceso de elección popular; es también un proceso continuo de selección de gente capaz, porque un país no se construye con indigencia intelectual y servilismo, sino con la riqueza de los cerebros más aptos y honestos y de la capacidad organizadora.

*Pedagogo, escritor, diplomático.

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Martes 14 de julio de 2026