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Reforma sin clase


Entre las conclusiones de las investigaciones científicas realizadas a nivel internacional en la esfera de la educación se destaca el hecho de que los resultados obtenidos por los estudiantes están significativamente determinados por su origen e inserción social. Es así, por ejemplo, que en una entrevista realizada por The Independent en el 2008 a Graham Holey, quien a la sazón ocupaba el cargo de director ejecutivo de la Training and Development Agency del Reino Unido, este afirmaba que el factor más significativo en el resultado de los exámenes es la clase a que pertenecen los niños. Otro ejemplo está dado por las conclusiones adelantadas por John Bellamy Foster, profesor de sociología en la Universidad de Oregón, quien en un artículo reciente insiste, basado en la evidencia existente, en que las diferencias en los resultados que logran los niños en la educación se debe a las diferencias de los ambientes socioeconómicos en que los mismos viven. Se trata de una hipótesis que es prácticamente evidente, si se tiene el efecto negativo que tiene sobre la educación de los niños y jóvenes elementos tales como la escasez de recursos, la desnutrición, las dificultades de movilización, el nivel de educación de los padres, la urgencia de trabajar, la ausencia de lugares donde estudiar, la falta de acceso a Internet en casa, solo para mencionar algunos.

No queda duda que en Panamá, donde se observa una distribución del ingreso profundamente segada, el impacto negativo de la falta de equidad en la educación debe entenderse como algo más que significativo. Se trata, sin embargo, de un hecho completamente excluido en la propuesta de reforma educativa impulsada por las actuales autoridades de educación.

No se trata de un olvido inocente. Es una omisión escandalosa que revela que el objetivo último de la reforma no es lograr el máximo desarrollo humano posible para todos los niños y niñas del país, sino el de ajustar el sistema educativo al modelo de acumulación concentrante y excluyente que caracteriza al país. Su fin básico es diferenciar la educación. La de la mayoría destinada a que estas jueguen el papel de una fuerza de trabajo barata, con un cierto nivel de entrenamiento y formada para la sumisión. La de los sectores dominantes diseñada para consolidar y mantener dicha dominación. A esto se agrega el interés de introducir formas de privatización (tales como las “escuelas charter”) en el sector, con el fin de potenciar a la acumulación del capital que ya opera en el mismo. Sumado a esto tenemos una visión que entiende la educación como un proceso de producción igual a cualquier proceso industrial, donde el capital contrata trabajadores por un salario, junto a otros insumos, con el fin generar un producto – mercancía que es la fuerza de trabajo, tal como la necesita el modelo de acumulación por desposesión. Se trata de una forma de educación deshumanizada, que dista mucho del ideal de educación integral que propuso Juan XIII.