Relación de la escuela con la vida
La educación acepta cada vez más una filosofía que centralice la instrucción escolar en las necesidades de la comunidad y que, en cuanto a su amplitud, puede alcanzar proporciones locales, regionales, nacionales y hasta mundiales. El futuro será propicio para el cambio. Por eso, nuestra época demanda progreso educativo y una reconstrucción de alto orden.
La realidad social ineludible del siglo XXI es que en el progreso de la industrialización y urbanización, las actividades y relaciones humanas se tornan cada vez más especializadas, más complejas y más independientes, pero al mismo tiempo, menos familiares y personales. La mayoría de los niños, inclusive de las generaciones pasadas, participaron de modo directo y constante en una gran diversidad de experiencias elementales de la humanidad. Por temprana experiencia personal, aprendieron a labrar la tierra, a cuidar animales domésticos, a cuidar niños más chicos, a llevar a cabo con éxito las numerosas tareas necesarias de la vida cotidiana rural.
Como se les hacía responsables de encargos domésticos o del campo, bien pronto aprendieron a aceptar una definida responsabilidad personal, a ejecutar con prontitud los mandatos y a trabajar de manera sostenida aun en las tareas no gratas para ellos. Mientras tanto, se enteraban de la política a través de las discusiones de sus mayores. En la iglesia y la comunidad, por lo general, no existían normas de conducta moral en profundo conflicto. En consecuencia, puesto que vivían en íntimo contacto con la Naturaleza, a menudo intervenían en el apareamiento y el nacimiento de los seres vivos, presenciado, además, su muerte.
Estimular la vida y combatir la muerte, sembrar y construir un hogar, gobernar y orar, educar y recrearse… estas son las experiencias elementales de la humanidad que los niños de ayer vivieron íntimamente y así maduraron desde el punto de vista emotivo, desarrollaron carácter personal y vincularon su floreciente lealtad a los valores humanos personalizados.
En condiciones como estas, los niños aprendieron bien y con facilidad, porque se vieron estimulados por genuinos propósitos personales. Aprendieron a hacer haciendo; los procesos en que ellos participaron eran de consciente naturaleza cooperativa y les fue dado demostrarse a sí mismos, como a los adultos de su comunidad, que los resultados de su trabajo eran importantes. Así, pues, no importó que el papel de la escuela común de la época hubiera consistido, en gran parte, en promover un simple alfabetismo mediante intenso ejercicio y en transmitir algo de la herencia social a través de memorizaciones del clásico aprendizaje de libros.
*Pedagogo, escritor, diplomático.
