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Renacer o morir ante el sufrimiento ajeno


Silvio Guerra Morales / Abogado (opinion@epasa.com) / -

No puede ser cierto que criaturas inocentes, angelitos del Señor, hayan muerto en nuestros hospitales o policlínicas, centros de donde se supone y se cree hay custodia de la vida y de la salud, y hasta el día de hoy nada sepamos o conozcamos sobre qué fue lo que realmente sucedió o aconteció.

No puede ser cierto que nadie dé cuentas claras de nuestros muertos y que, por otro lado, las autoridades competentes que deben responder por ello o al menos brindar aceptables explicaciones, si es que acaso existen, fabriquen o se inventen excusas o argumentos que no pueden sostenerse ante la razonabilidad de las cosas.

ES BUENO QUE CONOZCAMOS QUÉ ES LO QUE REALMENTE ESTÁ SUCEDIENDO. QUÉ PASA REALMENTE EN NUESTROS HOSPITALES DE SALUD PÚBLICA.

Duele ver a un padre o a una madre, cuando se les ha entrevistado, llorar y mostrar los rostros sufridos y dolidos, tras la pérdida irreparable de sus amantísimos hijos e hijas. Que pueden ocurrir accidentes en un nosocomio, nadie lo duda. Que pueden administrarse o suministrarse medicamentos o químicos equivocados, nadie lo duda. Sin embargo, ello no exime que quienes tienen la responsabilidad de saber qué sustancia o medicamento se está suministrando, aplicando el control de ellos, etc., respondan administrativa y penalmente por tales deplorables y fatídicas consecuencias.

Otra cosa que habrá de ponerse en claro es que los riesgos que acontecen en la medicina, en los hospitales, están regidos por el principio de reducción al mínimo de tales riesgos. Pero en Panamá, cuando no es una cosa es otra y siempre quienes ponen los muertos son seres humanos provenientes de los sectores más humildes de nuestro pueblo.

No es que alguien tenga que poner muertos, no nos confundamos. Lo que quiero advertir es que esas terribles situaciones que vivimos y que nos sorprenden periódicamente en nuestro suelo, nadie las ve que acontezcan en los hospitales y clínicas privadas y son esporádicos y escasos los casos que en ellos puedan haberse dado y nunca alcanzan las magnitudes de los casos que se han dado a conocer y que ocurren en el sistema de salud público o del Estado.

Por otra parte, siempre recurrimos al argumento de que “en otras latitudes o en otros países ya los jerarcas o directores o ministros habrían renunciado”. No es que uno quiera asistirse de la comparación que, generalmente, se presenta como poco feliz y perversa en algunas circunstancias. Pero no deja de ser cierto que hay que tener gallardía moral, estatura de gigante en principios y en actuaciones, para decirle al presidente que se pone a su disposición el cargo o que, simple y sencillamente, se renuncia. Aceptar que se viven momentos críticos en la institución del Seguro Social, pero todo queda allí. Nada más acontece.

Es bueno que conozcamos qué es lo que realmente está sucediendo. Qué pasa realmente en nuestros hospitales de salud pública. ¿Por qué tantas bacterias asesinas, criminales y manos incapaces e incompetentes que nada saben o nada dicen y callan? Mueren seres humanos, no mueren ratas ni cucarachas. No son insectos que podemos aplastar con nuestros zapatos o fumigarlos. Dios mira todo esto. Alguien ha dicho y lo vuelvo a decir, que una nación puede sentirse orgullosa o no de la forma como trata a sus muertos, a sus presos, y añado por mi parte, a sus enfermos también.

El tema de los neonatos es mucho más delicado de lo que podamos pensar. Cada problema en este país se olvida al cabo de haber transcurrido unas horas o pocos días y tan pronto los medios ya dejan de tratar el tema para pasar a otra noticia o agenda. Las personas estamos tan embebidas en el diario vivir que nos olvidamos con impresionante rapidez del dolor y del sufrimiento ajeno. Nada decimos, nada hacemos, todos callamos. Yo no quiero ser uno de ellos, de ese montón que ve el sufrimiento o el padecimiento ajeno, y cierro mi boca. Creo que tendremos que darle cuentas a Dios por nuestro silencio que puede ser cómplice y coautor de tantas injusticias y delitos.

Es menester que renazcamos. Que volvamos a nacer con la capacidad de ser autocríticos. Que renazcamos a la solidaridad humana y social. Que volvamos a nacer con lágrimas y llanto frente al desconsuelo de los demás. Que el trauma, el dolor y el sufrimiento ajeno nos hagan sentir culpables, culpables de haber silenciado y de haber callado. Que no hemos hablado ni nada dicho por aquellos que no pueden hacerlo o que, simple y sencillamente, no pueden defenderse.

Es importante que reflexionemos. No sea que ya no quede, al final de cuentas, cuando nosotros mismos seamos víctimas de un sistema de salud que ha dado muestras de fracaso, que ya no haya nadie para reclamar o defendernos.

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Viernes 14 de agosto de 2026