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Rendirse nunca, jamás

Por: Redacción 24/06/2017

El 17 de marzo de 1741 llega a las costas de Cartagena de Indias la mayor fuerza naval reunida en aquel entonces de parte de Inglaterra. 196 buques, 27,000 soldados y 3,000 cañones de artillería. Atacan a Cartagena defendida por 6 buques y unos 6,000 soldados españoles en tres fuertes comandados por el Almirante Blas de Lezo, auténtico héroe de guerra, que por las batallas en las que había participado, le faltaba una pierna, un brazo y un ojo. La resistencia fue intensa, audaz, valiente y el Almirante frente a sus tropas los animó a mantenerse firmes hasta dar la vida si fuera necesario. Vencieron. Nunca se rindieron. Al final, los ingleses se retiran derrotados.

En la guerra civil española el General Moscardó dirigía la resistencia del Alcázar de Toledo ante la artillería constante y demoledora de los republicanos comunistas y aguantaron hasta el final, ya casi sin alimentos, medicinas y municiones. En el momento más dramático, sus enemigos capturan a su hijo y lo ponen al teléfono para decirle esto a su padre: “Papá, estos señores dicen que si no te rindes me fusilan”. “Pues hijo, a dar la vida por España”. “Sí papá, así haré. Dios te bendiga”.

Y no se rindió el Alcázar, sacrificándose su hijo.

El gran libertador de América, Simón Bolívar, que participó en muchas batallas, al perder en una de ellas y ser encontrado demacrado, herido y exhausto sentado en el suelo del pasillo de una casa campesina, le pregunta su asistente: ¿Y qué haremos general? “¡Pues vencer o morir, pero rendirnos nunca, por Dios!”. Churchill como primer ministro de Inglaterra animó la resistencia de los habitantes de Londres ante los bombardeos nocturnos y diarios de los alemanes. Rendirse nunca, decía él. Y vencieron.

San Pablo experimenta persecuciones, cárceles, azotes, golpizas, naufragios, deportación a Roma y nunca se rindió. Siguió predicando hasta que lo matan decapitándole. San Juan de la Cruz estuvo nueve meses preso en el sótano frío y húmedo de un convento de sus propios hermanos de orden religiosa, aguantando humillaciones y maltratos y nunca se rindió. Siguió adelante con la reforma de su orden.

Teresa de Jesús, que funda 17 conventos de la reforma carmelitana, fue tildada de loca, hereje, y casi llevada a la inquisición. Enferma y con grandes dificultades de toda clase, nunca se rindió. San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, fue llevado cinco veces al tribunal de la Inquisición y estuvo preso dos veces, ya que consideraban que su obra, los Ejercicios Espirituales, era herética y cismática, y nunca se rindió. Ese libro ha sido en cinco siglos el fundamento de miles y miles de retiros espirituales en todas partes del mundo, y causa de conversión de muchísima gente, laicos, clérigos, religiosos, en los cinco continentes.

San Antonio María Claret, arzobispo de Cuba, confesor de la Reina Isabel II, y fundador de los misioneros claretianos, sufrió catorce atentados contra su vida y murió en el destierro. Nunca se rindió.

Monseñor Oscar Romero, arzobispo de San Salvador, vilmente asesinado por defender la verdad y la justicia, sabiendo que en cualquier momento lo iban a matar por las amenazas sufridas, se mantuvo luchando como profeta defendiendo al pueblo atropellado y explotado, y nunca se rindió.

Nuestro amado Señor Jesucristo experimentó en su vida pública toda clase de calumnias, intrigas y persecuciones y al final, una agonía espantosa por las torturas y suplicio en la Cruz y nunca se rindió. Dio la vida por todos nosotros.

Pues la clave de todo es descubrir y asumir ideales que valgan la pena, que repercutan en el bien de mucha gente y dedicar la vida entera a su realización, sin importar si se cumplen todos los resultados, sino permanecer fieles al fin buscado. Empeñarse en encontrar la manera de que ese ideal, que debe superar nuestra propia existencia, y mientras más sublime mejor, pueda plasmarse en la realidad. Para eso hay que estar convencido de su excelencia, poner todos los medios al alcance para realizarlos y perseverar, nunca rendirse y mantenerse fieles hasta el final.

El éxito, pues, de una vida no está en alcanzar triunfos y más triunfos, sino en entregarse de lleno a vivir, cumplir y realizar en lo posible un gran ideal, e ir dejando en el camino una estela de sacrificios, lágrimas, sudor y sangre, con tal que ese ideal quede en lo posible plasmado en la realidad.

Por lo tanto, ¿tiene usted algún gran ideal por el cual está dando la vida? ¿Está convencido de que es importante ese ideal y lucha por él con perseverancia? Póngalo siempre en las manos de Dios y recuerde que con Él usted es invencible.

Monseñor


 

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Miércoles 15 de julio de 2026