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Repudio a las tiranías


Una gigantesca onda sacude África, la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; transporta los efluvios de la libertad y la democracia a pueblos acostumbrados, algunos desde hace siglos, al vasallaje. Estos son verdaderos hitos históricos que se van construyendo en los días contemporáneos. El mandatario de Libia, en su adicción al poder eterno, empleó aviones, helicópteros, blindados y mercenarios, para reprimir a quienes se le rebelaron, cansados de su gobierno. No obstante, este exaltado que preconiza la guerra santa contra Occidente, proclamó, reiteradamente y con cinismo: “mi pueblo me ama”.

Ante el genocidio que Gadafi sigue perpetrando contra su propio pueblo y de acuerdo a claros mandatos del Derecho Internacional, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución que autoriza usar la fuerza para que las hordas del fanático, que amenazó volver a sus prácticas terroristas, no sigan cometiendo masacres contra la población civil. En la Cumbre de París se definió el operativo militar en marcha, que excluye la ocupación territorial extranjera, con la alianza de países de la Unión Europea, Liga Árabe y ONU: Francia, Alemania, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Grecia, Irak, Italia, Jordania, Marruecos, Noruega, Holanda, Polonia, Qatar y Reino Unido. Es inminente la participación de la OTAN.

Para evitar el imperio de los genocidas, la comunidad internacional sale por los fueros de los Derechos Humanos, como lo está haciendo en Libia. De lo contrario, los déspotas serían invencibles en su omnipotente maldad.

No es de extrañarse que Fidel Castro, Hugo Chávez y sus acólitos, defiendan al sanguinario y extravagante dictador que, con el membrete de revolucionario, se apropió del poder hace 42 años; sin duda, miran en Gadafi al ícono de sus gobiernos. Este despreciable sátrapa, beduino que habiendo nacido en una humilde carpa en el desierto es ahora uno de los multimillonarios más acaudalados del planeta, ha cometido crímenes y risibles egolatrías que se equiparan a los de sus similares Idi Amin Dadá o Bokassa, que construyeron sus tronos sobre los miles de cadáveres de los opositores.

En esta misma línea, se vuelve pertinente también recordar a Mobutu Sese Seko, Robert Mugabe o a Tedoro Obiang, que a más de llevar a cabo espeluznantes matanzas, igualmente atesoraron increíbles fortunas, producto del robo descarado a los dineros públicos en países asfixiados por la miseria. Uno de ellos obsequió a un hijo suyo nada menos que cien toneladas de oro, mientras que otro compró un yate, para su placer y el de sus concubinas, en 500 millones de dólares. Estos sujetos, que incluso practicaron el canibalismo, asimismo se declararon revolucionarios. Felizmente, el repudio a las tiranías va creciendo no solo en las referidas y remotas regiones.