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A rescatar lo perdido


Rómulo Emiliani, cmf. (opinion@epasa.com) / Monseñor.

Por culpa del pecado y descuidos en el alma, con el paso de los años van quedando en el fondo de nuestras interioridades tesoros preciosos que creemos jamás volveremos a rescatar. Igual que un grupo de buceadores se sumerge en el mar para buscar un tesoro escondido en un barco hundido, nosotros tenemos que salvar del caos de la vida los valores de siempre, que allí están para ser recuperados.

La inocencia de un alma creada por Dios a su propia imagen, por todas esas olas violentas ocasionadas por las tormentas del pecado, yace en el fondo del mar de nuestra inconsciencia, dispuesta a emerger y situarse en el horizonte, donde pueda ser contemplada. Volver a ser como niños dice Jesús, nacer de nuevo del agua y del espíritu, volver a la casa del Padre como el hijo pródigo, levantarse y seguir el Camino, tomar la cruz y seguirlo a Él, renovar la mente como dice Pablo, comportarse como “otro Cristo”, he allí el reto. En el nivel profundo espiritual el ser humano puede volver a ser virgen, ser sobrio, honesto, sencillo, pacífico. Repito, desde Jesús se puede volver a ser un niño gracias a su poder y misericordia.

La conversión auténtica rescata, reconstruye la vida. Jesús sana el alma, la purifica, la hace nueva. Uno de los casos más claros de todo esto fue el de María Magdalena, a la que Jesús le sacó siete demonios y restauró su vida, haciéndola transparente, iluminadora y seguidora fiel del Maestro.

La conversión implica ver con los ojos de Dios. Contemplar la creación como “obra de sus manos, la luna y las estrellas que Él ha creado”, el universo como una prueba de su poder infinito, las personas como templos de su presencia y nosotros como hijos suyos, bien amados. Saber que en todo enemigo está el posible amigo y si no, por lo menos el hermano alejado, que debe ser amado y bendecido aún y a pesar del daño recibido.

Perdonar setenta veces siete y continuar el camino, olvidando lo sucedido, sabiendo que solo en el presente se encuentra el bien amado.

Cada día tiene su afán dice el Maestro, creyendo totalmente en su Providencia Divina. Igual que un niño descansa en brazos de su madre y confía totalmente en que será cuidado y protegido, el ser humano renovado en el Espíritu pone toda su confianza en Dios, con la seguridad de que no será abandonado.

El ser restaurado en Cristo tiene corazón samaritano. Toda persona reconstruida en Cristo ve a Dios en los rostros sufrientes de los niños de la calle, los enfermos terminales, los presos y los desempleados, las madres solteras y los drogadictos y alcohólicos. Una señal clara de conversión es la del corazón solidario, que no puede estar tranquilo al contemplar la miseria del ser humano y como el buen samaritano se baja del caballo, cura al apaleado y lo monta en su cabalgadura y lo lleva a la posada más próxima pagando por su recuperación. Él adora a Cristo sirviéndole como Teresa de Calcuta en los desheredados, sacándolos de su situación paupérrima, atendiéndolos, devolviéndoles la conciencia de su dignidad atropellada. Es por lo tanto el restaurador del rostro de Dios en los que ya no tienen rostro según una sociedad que excluye a los llaman los “desechables”. La conversión devuelve la belleza perdida.

Así como hacen los restauradores de las obras de arte dañadas por el tiempo que recuperan los colores diluidos por la humedad, el moho y el polvo, el Señor nos restaura. Cuando un alma se convierte, la luz perdida vuelve a brillar con todo su esplendor y glorifica el nombre del Señor con la perfección de sus obras hechas con amor. Dios actúa a través de los corazones samaritanos, quienes buscan ayudar a los heridos por el pecado, para recuperar la inocencia perdida. De allí nace la vida misionera de los convertidos al Señor.

Jesús busca a la oveja perdida. El Señor optó por los pecadores y todo el Evangelio es una muestra del amor preferencial de Cristo por los alejados de la Casa del Padre, buscando su conversión. Con Él nosotros podemos restaurar nuestra vida y ser con Cristo invencibles al pecado.

Monseñor.

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Viernes 14 de agosto de 2026