Resentimiento
El gobierno presidido por Ricardo Martinelli convirtió a Panamá en el país de mayor crecimiento económico y líder en la captación de inversiones de empresas privadas extranjeras, conforme a estudios financieros técnicos de la Cepal y el Banco Mundial. Las inversiones estatales en infraestructura transformaron la capital y el interior en una laboriosa colmena de actividad jamás registrada, en la que miles de panameños recibieron salarios que mejoraron la calidad de vida de sus familias.
Ocho meses después, el nuevo gobierno no solo no ha hecho nada para fortalecer el liderazgo económico regional de Panamá, sino que ha paralizado la dinámica económica que recibió en bandeja de plata. En vez de incrementar, retrocede; en vez de alentar, perjudica; en vez de promover nuevas inversiones, las está ahuyentando con la anulación de licitaciones y diversas formas de hostigamiento empresarial que contradicen la imagen de respeto a las reglas del ordenamiento jurídico.
Hay varias explicaciones sobre la línea del gobierno panameñista. La primera es que el panameñismo no estuvo ni está preparado para asumir responsabilidades de gobierno. Las encuestas lo ubicaban entre el segundo y el tercer lugar en las opciones electorales. Fue sorprendido por un resultado desbalanceado que engendra cada vez más suspicacias en los votantes del país. Analistas políticos encuentran incongruente que los mismos electores votaran por el panameñismo en la casilla presidencial, pero por diputados y representantes de otros partidos. El servilismo del Tribunal Electoral, antes y después de las elecciones, aportan elementos de duda.
Otra explicación se centra en el resentimiento personal causado por la separación del panameñismo del gobierno de Cambio Democrático. La incompetencia, la deslealtad, el disfrute arbitrario del poder compartido, las ambiciones desmedidas pueden alinearse entre las causales de separación. No hubo intento de sacar a Varela de la vicepresidencia de la República; detentó la Cancillería durante el tiempo de la alianza, y panameñistas se desempeñaron en la Asamblea Nacional, ministerios e instituciones autónomas importantes.
Sin embargo, la metamorfosis de frustración a odio se yergue como uno de los móviles de la desaceleración económica de los ocho meses de irracionalidad gubernamental. Se están vengando contra una persona porque le quitaron el juguete, pero lo están haciendo contra todo un país. El hecho es que una rabieta infantil está paralizando la economía. Algunos piensan que las persecuciones políticas forman parte de una estrategia para desorientar a la opinión pública y no perciba claramente las flaquezas de la incompetencia gubernamental.
La sociedad civil ya advirtió que las promesas no tienen certidumbre de verdad. Los nombramientos provienen de una sola persona que ora compra conciencias, ora desprecia las consultas, ora introduce la autocracia en detrimento de la democracia.
Los productores están prácticamente abandonados. Las importaciones de arroz pilado lo llevan al hoyo. El gobierno atropella la libertad económica con un anómalo control de precios que crea escasez y carestía. Amedrenta a los industriales. Entrega posiciones estratégicas a grupos de presión como prestación política a los que contribuyeron a la campaña. El pueblo pide hechos, no palabras; obras, no represalias.