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¿Río más 20 o Río menos 20?


Juan Jované (opinion@epasa.com) / Economista.

A partir de hoy se celebra en Río de Janeiro una nueva Cumbre de la Tierra, realizada en conmemoración de la desarrollada en esa ciudad hace 20 años en un contexto donde predominaba la noción de desarrollo sostenible. Desde el punto de vista ecológico, sin embargo, existe poco que celebrar. Es así que pese a la aceptación formal del elusivo principio del desarrollo sostenible, que para algunos es un simple oxímoron, la situación del medioambiente ha seguido agravándose, hecho que se manifiesta en situaciones tales como el agravamiento de la emisión de gases invernadero y la creciente pérdida de biodiversidad.

La nueva visión que acompaña a Río + 20 es la de la llamada Economía Verde. Esta, a nuestro juicio, ni siquiera será capaz de alcanzar los magros resultados de la aplicación del concepto de desarrollo sostenible. Por el contrario, no servirá más que para empeorarlos. Asistimos, con el patrocinio cómplice de los organismos de Naciones Unidas, al abandono práctico de la idea de las fallas de mercado, teorizado por Agust C. Pigou, para adoptar el enfoque de Ronald Coase, quien propone que la mejor manera de manejar el ambiente es privatizar los llamados servicios del ecosistema.

Un ejemplo de esto es el sistema propuesto por el programa REDD, según el cual los países que reduzcan su tasa de deforestación desde el nivel actual recibirán bonos para la emisión de carbón, que podrán ser negociados en los mercados de dichos derechos. Se trata, si se analiza bien, de un mecanismo con un sinnúmero de problemas. En primer lugar, castiga a los países que han mostrado una menor tasa de deforestación, ya que estos, desde luego, tienen menos espacio para reducir este fenómeno. Así mismo, resulta un mecanismo cuya lógica es que el que paga contamina. En efecto, quien compre estos bonos, gracias a su capacidad adquisitiva, podrá usarlos libremente para contaminar. A esto se debería sumar el hecho de que gracias al método propuesto de valorización, que se basa en la idea de compensar los exiguos ingresos de quienes son los poseedores actuales de los recursos, llevará a que los pobres del mundo cedan sus derechos sobre la tierra a un bajo costo. El que paga contamina a cambio de una bicoca.

Confiar en el mercado como mecanismo exclusivo de solución del problema tiene dos fallas básicas. La primera se refiere a que en el mercado las futuras generaciones no tienen forma alguna de participar, es decir de expresar sus preferencias, lo que también ocurre con el resto de las especies. La segunda guarda relación con el hecho de que el sistema en que vivimos, centrado en la ganancia, la acumulación incesante de capital y la externalización de costos, no puede dejar de ser expansivo por lo que necesariamente choca con el carácter limitado del ambiente. No son las leyes de mercado las que pueden resolver el problema, la solución pasa por la construcción de una nueva civilización en la que el respeto a las leyes de la naturaleza asegure la verdadera sostenibilidad.

Economista.