Santa Ana
Después de que la primitiva ciudad de Panamá quedó en ruinas por los ataques malévolos de los piratas al mando de Henry Morgan, la Corona española decidió mudarla a un sitio más conveniente y seguro. El gobernador y capitán general de la provincia de Tierra Firme, Antonio Fernández de Córdoba, asumió la misión que le fue asignada.
Así se llevó a cabo la construcción de cal y canto del cinturón defensivo. Aquella construcción con el tiempo trazó una demarcación de tipo social. Dentro de los muros residían las clases altas y fuera de la muralla, las clases populares, congregadas bajo la protección del templo de Santa Ana.
Así fue forjándose el derrotero histórico de la barriada de Santa Ana, escenario posterior de cabildos abiertos y movimientos políticos de sectores étnicos de gravitación popular. Sin embargo, con el devenir de la separación de Panamá de la Gran Colombia, Santa Ana ha ido perdiendo presencia en el desarrollo urbano de la ciudad, quedando relegada con sus viviendas ruinosas constantemente devoradas por incendios.
El origen colonial y el protagonismo republicano se dan la mano para intentar un gran esfuerzo de recuperación de Santa Ana. En estos momentos de auge turístico podemos rescatar esta barriada patinada por la historia no solamente durante la época colonial bajo dominación española, sino como homenaje a las gestas protagonizadas allí por hombres públicos como el general José Domingo Espinar, Buenaventura Correoso y otros caudillos respaldados por las fuerzas liberales acantonadas en el barrio de Santa Ana.
Tómese en cuenta, también, que la Iglesia de Santa Ana fue inaugurada el 20 de febrero de 1764. Sin embargo, estos importantes antecedentes han sido ignorados por la abúlica indiferencia de los gobiernos.
Por esta razón, Santa Ana yace en la actualidad como una zona que no tiene méritos para ser incluida en los circuitos urbanos que visitan los turistas extranjeros por la inseguridad reinante y la carcoma que desmorona sus residencias.
El vetusto barrio mira con ansiedad el paso de decenas de miles de turistas que por allí desfilan, camino hacia el Casco Antiguo. Las bondades del auge turístico que vive Panamá, inexplicablemente no le llega.
En el histórico lugar confluyen vistosas estructuras que contienen importantes rasgos de diferentes y decisivas épocas de la historia patria. Lo justo sería que las autoridades del Gobierno central y del Municipio de Panamá elaboren planes coordinados y coherentes para sacar del olvido a esta área.
Santa Ana cuenta con una larga lista de atractivos. No es justo que sus ciudadanos estén condenados a esperar allí que alguna autoridad recuerde incluirlos en sus planes de desarrollo. El deplorable espectáculo que muestra en la actualidad, con indigentes, prostitutas y delincuentes, debe terminar cuanto antes.
Hay que actuar antes de que sea tarde ante la agudización de la decadencia de sus viviendas destartaladas, que más bien son un homenaje a la desidia. El abandono centenario de Santa Ana hace más estragos que los cañones de Henry Morgan.