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Sazón legal


Todos hablan de Panamá como el Dubai de las Américas por sus cada vez más insólitas torres que emergen como hongos en una desenfrenada lucha por tocar primero el cielo, mientras que rozan el averno en infraestructura. También de sus miniciudades encapsuladas de cemento y vidrio denominadas “mall”, perfecto sedante para los crecientes “fashionistas” criollos. De su “home port” y “hub” de cruceros y líneas aéreas; o sea, un Singapur local. Y qué decir de los casinos con su casi todo incluido (las redadas nocturnas y correteada paisa atentan con el todo) que nos llevan a ser equiparados con Las Vegas. Porque aquí pululan frente a escuelas e iglesias, y a nadie parece importarle.

Pero no hay que ser graves. Ya el agua sale potable y transparente, el metro va firme pese a los tranques que genera y los taxistas se impregnan del espíritu navideño con un conmovedor “Sí voy”.

Al grano. Panamá debiera ser medido no con Dubai, ni Las Vegas, menos Singapur.

Si las tediosas comparaciones con potencias extranjeras están en boga, entonces apostemos a lo grande, que los reflectores nos alumbren de una vez. ¡Seamos París! Sí, la ciudad luz... La capital del arte culinario.

Y los argumentos están. Hoy la cultura gastronómica panameña parece vivir su cenit. Lo dicen famosos de Hollywood (Mel Gibson se está animando con una fonda), franquicias de comidas hacen fila por estar acá, incluso refinados establecimientos dignos de estrellas Michelin piensan en la tierra de Durán (ya tiene su Tasca).

Por eso, que a nadie le extrañe que aquí –y solo aquí– se les ocurra denominar con suculentos nombres a leyes que pretenden ser serias e inamovibles. Ya sabe: la “Ley Chorizo”, “Ley Zanahoría” y ahora la “Ley Tomate”, precisamente –para algunos– no están de abreboca.

Y con todo el revuelo que se viene para este fin de semana, capaz que aparezca otra Ley para cerrar el año en honor de la tan sabrosa, tropical, pero a veces también agria piña.