Se apaga una luz
Fatigado octogenario, amarrado a un respirador artificial, debilitado por 27 años de prisión, la salud de Nelson Mandela se apaga lentamente. Los habitantes de África del Sur y gran parte del mundo siguen paso a paso los informes médicos sobre el estado de salud del notable campeón contra la discriminación racial. La convivencia entre blancos de origen bóer y sudafricanos de origen zulú o bantú es posible en los días que corren merced a la extraordinaria batalla de Mandela y sus seguidores.
Su tenacidad y coraje superaron el martirio de los sucesivos encarcelamientos que, según los médicos, causaron las dolencias que, desde tiempo atrás, afectan los signos vitales. No vaciló Mandela en sacrificarse por la dignificación de los africanos que padecieron la instrumentación de un sistema racista que los recluyó en ghetos, privándolos de los derechos humanos más elementales. El apoyo del presidente Frederik de Klerk contribuyó decisivamente al desmantelamiento del apartheid. De Klerk y Mandela recibieron el Premio Nobel de la Paz en el año de 1993.
Pudo ser un jefe tribal por herencia dinástica. Sin embargo, asumió los riesgos de la lucha contra la segregación racial desde que se graduó de abogado en 1942. Dos años más tarde se afilió al Congreso Africano Nacional, movimiento político negro, fundado bajo la inspiración de las ideas de Gandhi de basarse en métodos pacíficos de la desobediencia civil para luchar contra la segregación racial. Se convirtió en dirigente de la Liga de la Juventud del CNA. Fundó el primer bufete de abogados dedicado a la representación de clientes de la etnia. Cuando fue elegido el dirigente principal del CNA, después de soportar más encarcelamientos y persecuciones de las autoridades, fue uno de los redactores de la Carta de la Libertad, que abogó por la implantación de un nuevo estado multiétnico, igualitario, democrático y sin discriminación.
Finalmente, subió a la cumbre de su trayectoria política en 1994, al ser elegido el primer presidente negro de Sudáfrica. Como vicepresidente, le acompañó Frederik de Klerk y se demostró que el nuevo régimen estatal sudafricano no buscó un neorracismo excluyendo a los blancos, sino compartiendo el poder político. Al retirarse de los quehaceres de la política práctica, Mandela se transformó en el símbolo de la nueva era de convivencia racial, política y cultural, contrariamente a los postulados de políticos de la etnia zulú, detractores de su liderazgo. Más allá de las incomprensiones de su propia gente, la comunidad internacional reconoce y destaca su rol en la construcción de una nueva sociedad.
Los jóvenes sudafricanos visitan la clínica donde se atiende y dejan ramilletes de flores, pintan grafitis en los muros, oran por su salud en vigilia, en homenaje al abuelo de todos ellos, gracias al cual residen en otras condiciones. Los ancianos del clan de Mandela viajaron a Petroria aguardando el momento en el que el combatiente está librando una nueva batalla por su existencia. Según ancestrales costumbres, él debe morir con los que alguna vez compartieron con él, dialogaron sobre algún asunto que él inspiró. Sin embargo, sus familiares piensan más en la herencia material que va a legar y se arremolinan en disputas prematuras.