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Se buscan ministros

Por: Redacción 08/06/2014

La forma en que las nuevas autoridades han divulgado los integrantes del próximo Gabinete nos debe llamar a la reflexión. Los que hemos puesto oídos atentos a quiénes serán las próximas figuras ministeriales comprendemos que el presidente electo no ha tenido un trabajo fácil. Al contrario, en virtud de las circunstancias políticas y de la propia realidad de los cargos, la conformación de un Gabinete y la escogencia de un ministro viene acompañada de una profunda resignación y de una alta dosis de impotencia debido a que son muy pocos los que de verdad pueden y saben manejar una cartera.

Los ministros, al igual que los ejecutivos y trabajadores de la empresa privada, son parte de un mercado laboral nacional que depende en gran medida de la situación global y del surgimiento de ocupaciones emergentes y de la caracterización de perfiles profesionales, que cada día son valorados en su justa dimensión y que al final son afectados por un concepto muy trillado llamado oferta y demanda. Es decir, los que aspiran a ocupar cargos en el Estado son parte también de un mercado laboral dinámico y cambiante.

La información disponible sobre las tendencias actuales del mercado laboral panameño y de los sectores de la economía que generan empleo señala que, como consecuencia de la actividad económica boyante de los últimos siete años, el nivel de los salarios en Panamá nunca ha estado mejor. Con lo cual es muy indicativo de que las dificultades del presidente electo para escoger un ministro se deben al hecho de que el cargo tiene un ingreso bruto asignado de 7,000 dólares, un sueldo que no registra cambio desde la administración Pérez Balladares y que en términos absolutos resulta ridículo para un puesto de la envergadura de un jefe de cartera. Muy bien decía el primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, quien pagaba la suma mensual de 40,000 dólares a sus ministros, que si un ejecutivo paga a sus funcionarios con maní, recibe a cambio monos (“if you give peanuts, you get monkeys”). En efecto, con sueldos de esa magnitud no solo es posible reclutar a los mejores candidatos, sino también establecer políticas serias de rendición de cuentas para combatir la corrupción y el tráfico de influencia.

En Panamá, en cambio, es frecuente ver y escuchar que un ministro con un sueldo de 7,000 dólares termina su periodo con lujosas propiedades y enormes riquezas que no puede justificar ni resistir una prueba ácida de auditoría. Por tanto, para que el nuevo presidente pueda aspirar a tener buenos ministros, será necesario primero remunerarlos de acuerdo con la realidad del mercado laboral. En la práctica, es muy común que en una reunión donde participa un ministro, sea este el que menos ingresos tenga, con lo cual se genera vulnerabilidad y se crea terreno fértil para prebendas y coimas. Existe además otro obstáculo que choca con las mejores intenciones de un presidente para conseguir buenos ministros, y es el desprestigio del cargo.

Antes, en un pasado muy lejano, el llegar a ser ministro era considerado un honor para las personas por su trayectoria de muchos años y su ejecutoría en el ejercicio de la administración pública y privada. Ahora, hoy en día, cualquiera es ministro. Cualquier allegado al presidente, con suficiente cara dura y lealtad para guardar secretos, y con los bolsillos bien anchos para acumular lo que no se ha ganado con el sudor de su frente, puede sentarse en un despacho y creer que se lo merece.

En estos momentos, un ministro al igual que un diputado, está tan desprestigiado que solamente aquellos privados de libertad tienen una imagen peor ante la ciudadanía. El presidente electo tiene una oportunidad de adecentar el cargo y devolverle su honorabilidad. Y para tal efecto, deberá escoger a personas reconocidas por sus hechos o profesionales expertos en la materia que estén dispuestos a dar un giro definitivo hacia la honradez, integridad y transparencia. No en vano los medios de comunicación los pasan por el tamiz y la lupa, y los convierten inmediatamente en sujetos de seguimiento y escrutinio, porque son funcionarios que desde un inicio generan sospechas y mortifican la conciencia ciudadana.

En Panamá ha habido muy buenos ministros. Rubén Darío “Chinchorro” Carles, por ejemplo, fue un buen ministro de Hacienda en la administración de Ernesto de la Guardia y luego de Agricultura en la administración de Marcos Robles. Estoy seguro de que si los militares no hubieran dado el golpe de Estado en 1968, también hubiera sido buen ministro de Comercio en la administración de Arnulfo Arias. Igualmente, siento que Julio Linares fue un buen ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Guillermo Endara Galimany y Roberto López Fábrega fue buen ministro del MOP en la época de la dictadura (a pesar de los militares, fue serio, nunca robó y respetó el escalafón de ingenieros). Y más recientemente, en la administración Torrijos, Alejandro Ferrer se lució como ministro del Mici. Pero también ha habido pésimos ministros. Tan malos y tantos que la lista ocuparía las seis columnas de esta página. Queda, pues, en manos del futuro presidente que la lista llegue a su término y comience una nueva era ministerial, de gente capaz, probada y honrada.

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Viernes 7 de agosto de 2026